Exequias de Enero.
Exequias de Enero.
Capítulo: IV
—Según la segunda ley de Mendel… —la voz de la profesora Olivia llegaba a mis oídos como si estuviera sumergida bajo tres metros de agua lodosa.
La veía caminar frente al pizarrón, una silueta azul marino recortada contra el blanco tiza. Su tiza golpeaba la pizarra con la cadencia de un metrónomo: clac, clac, clac.
—Cada individuo posee dos versiones de un rasgo —continuó ella, y juraría que sus ojos se clavaron en mí un segundo más de lo necesario—. Durante la formación de los gametos, estos alelos se separan… y se combinan al azar en la descendencia. Lo que está oculto puede emerger. Lo que creíamos extinto, simplemente espera su turno.
Intenté escribir, pero mi mano pesaba una tonelada. El cansancio no era agotamiento; era una enfermedad. Desde que las pesadillas reclamaron mi horario nocturno, dormir se había convertido en un acto de rendición. Miré de reojo a Alexis; su pluma se movía rítmicamente, pero por el vacío en sus pupilas supe que estaba tan lejos de esa clase como yo.
Parpadeé. El clac de la tiza se detuvo. Parpadeé de nuevo, más lento, dejando que mis párpados se sintieran como pesadas cortinas de plomo. La voz de Olivia se distorsionó, estirándose hasta convertirse en un zumbido de insectos.
Y entonces… la caída.
Abrí los ojos de golpe. El frío fue lo primero que me recibió, un frío que nacía desde dentro de mis huesos. El aula estaba sumergida en una penumbra cenicienta. El reloj de la pared se había detenido; las manecillas vibraban en un espasmo eterno a las 12:44.
—¿Alexis? —mi voz sonó pequeña, una nota discordante en un silencio que parecía tener masa física.
Nadie respondió. Las sillas estaban perfectamente alineadas, pero las sombras que proyectaban eran demasiado largas, estirándose hacia mí como dedos hambrientos. Me levanté, y el chirrido de mi silla contra el suelo resonó como un grito en un cañón. Caminé hacia la ventana y el aliento se me escapó en una nube de vapor. Afuera, Shadow Creek había desaparecido. No había muelle, ni pueblo. Solo estaba el bosque, rindiéndose ante un cielo de un rojo bilioso, profundo, del color de la carne cruda expuesta al sol.
—No… otra vez no —susurré, apretando los puños hasta que las uñas se clavaron en mis palmas.
Quería despertar. Quería que la mano de Alexis me sacudiera y me llamara idiota por quedarme dormido. Pero el dolor en mis palmas era real. Demasiado real.
Salí al pasillo. Las luces de emergencia estaban muertas. Sin embargo, el lugar no estaba a oscuras. Una pequeña luz bailaba en el suelo, a unos metros de distancia. Me acerqué, con el corazón golpeando mi pecho como un animal enjaulado. Era una vela. Una sola vela de cera verde, cuya llama permanecía perfectamente vertical, inmóvil, como si el concepto mismo de viento hubiera sido borrado del universo.
La tomé. La cera estaba tibia, casi caliente, y al tacto se sentía como piel. Un olor me golpeó entonces: incienso viejo, sudor rancio y hierro oxidado. Sangre.
Fue entonces cuando los escuché. Un siseo de estática que provenía del ala sur, de la antigua capilla que el Director Thorne mantenía bajo llave “por restauración”. Eran voces. Cientos de ellas, superponiéndose en una cacofonía rítmica que te obligaba a caminar al compás de sus sílabas. Mis pies se movían solos, arrastrándome por el pasillo gélido.
Empujé la puerta de roble de la capilla. El crujido de las bisagras fue eterno.
Lo que vi dentro hizo que mis rodillas flaquearan. Decenas de figuras estaban arrodilladas en los bancos, dándome la espalda. Llevaban armaduras de placas abolladas, cotas de malla ennegrecidas y mantos que alguna vez fueron blancos, ahora manchados de un fango oscuro. Lo más aterrador era su cabello: todos, sin excepción, tenían cabelleras de un rojo encendido, del mismo tono exacto que el mío y el de Alexis.
El murmullo se elevó, llenando mis oídos hasta hacerme sangrar.
—Sé do bheatha, a Mhuire… —rezaban al unísono, las voces raspando el aire como lija sobre piedra—. …atá lán de grá, tá an Tiarna leat…
Era la lengua de mi abuelo. El gaélico que él susurraba cuando creía que nadie lo escuchaba, el idioma de los que huyeron del hambre y trajeron algo más que esperanza en los barcos.d
—Irlandés… —mi propio susurro fue devorado por la letanía.
Me acerqué a la figura más cercana. Me incliné sobre su hombro y retrocedí del asco. El caballero no tenía piel; donde debería estar la nuca, solo había una red de tendones negros y polvo. Pero seguía rezando. Seguía existiendo.
Me giré hacia el altar. Y allí estaba él.
Era un caballero más alto que los demás, envuelto en una capa de piel de lobo que parecía todavía sangrar. Su armadura estaba cubierta de inscripciones rúnicas que herían la vista. Tenía una barba blanca, larga y sucia, y sus ojos eran dos orificios llenos de la misma luz roja del cielo.
Él no rezaba. Él me observaba.
El sonido de la oración cesó de golpe. El silencio resultante fue tan violento que me tambaleé. Mi vela empezó a parpadear frenéticamente.
—¿Quién… quién eres? —logré preguntar. Mi voz no era más que un soplo.
El caballero dio un paso al frente. El metal de sus grebas chocó contra el suelo de piedra con un estruendo que sacudió los cimientos de la escuela. Sus labios, secos como el pergamino, se movieron lentamente. Su voz no salió de su garganta, sino de la tierra bajo mis pies.
—Tá sé ar ais.
Un frío absoluto me recorrió la columna. Mi abuelo me lo había dicho una vez: Cuando el cielo se rompa, el que fue sembrado en el bosque volverá a cosechar.
—¿Quién…? ¿Quién ha vuelto? —pregunté, retrocediendo hacia la puerta, pero las figuras arrodilladas empezaron a girar sus cabezas. No sus cuerpos. Solo sus cabezas. Ciento ochenta grados. Rostros sin ojos, solo cuencas vacías llenas de hormigas y polvo.
El caballero alzó una mano enguantada en hierro, señalándome.
—An Slánaitheoir fuilteach —rugió, y esta vez el sonido fue un trueno que apagó mi vela.
La oscuridad total me tragó. Sentí manos frías, cientos de ellas, sujetando mis tobillos, tirando de mí hacia el suelo de piedra que ahora se sentía blando, como carne podrida.
—¡Tyler! ¡Alexis! —grité, pero no hubo sonido.
Justo antes de que el aire se me acabara, sentí un aliento fétido en mi oído:
—Pronto, Ethan. Tú matarás lo que nosotros no pudimos matar.
—¡NO!
El grito murió en mi garganta, convirtiéndose en un jadeo seco y doloroso. Abrí los ojos de golpe y lo primero que vi fue el techo de mi habitación, bañado por la luz grisácea de un amanecer que no quería terminar de llegar.
Me incorporé con el corazón galopando contra mis costillas, buscando las manos frías que me sujetaban los tobillos. Pero no había nada. Solo mis sábanas revueltas y el silencio pesado de la casa. Miré mis manos; estaban limpias. Pálidas, temblorosas, pero vacías de ceniza.
—Solo un sueño… —susurré, pero mi propia voz me sonó a mentira.
Intenté levantarme, pero el cansancio me golpeó como un mazo. No era el agotamiento de haber dormido mal; era una fatiga muscular, como si realmente hubiera cargado el peso de una armadura que no me pertenecía. Mis articulaciones crujieron y un mareo persistente nubló mi vista.
Me arrastré hasta el baño y me eché agua helada en la cara. El reflejo en el espejo me devolvió la imagen de un extraño: ojeras violáceas y ese brillo de pánico en las pupilas que no lograba disipar.
“Tá sé ar ais.” Las palabras seguían vibrando en mi cráneo. Mi abuelo siempre decía que nuestra familia tenía “la sangre delgada”, que la frontera entre lo real y lo que fue era más permeable para nosotros. Nunca le creí. Hasta ahora.
—Ethan, ¿estás despierto? ¡Tu desayuno está listo! —la voz de mi madre desde la planta baja me devolvió a la realidad con la violencia de un latigazo.
—¡Voy! —grité, aunque me costó encontrar el aire.
Me vestí con movimientos torpes. El uniforme azul marino de la Academia me pareció de repente una mortaja. Bajé las escaleras apoyándome en el pasamanos, sintiendo que cada paso me costaba un mundo. En la cocina, el olor a café y tostadas me resultó nauseabundo, demasiado real para alguien que acababa de ver el fin del mundo en una capilla roja.
—Hijo, tienes una cara espantosa —dijo mi padre, sin apartar la vista del periódico—. ¿Otra vez esas pesadillas?
—No he dormido mucho, eso es todo —mentí, agarrando mi mochila. No entenderían que la oscuridad había empezado a hablarme.
—Es muy temprano, apenas son las seis de la mañana —¿por qué tanto interés?— dijo mi padre como si fuera un interrogatorio de la policía.
—Ethan suele ayudar al conserje de la escuela junto a otros chicos a recolectar flores del bosque y dejarlas en la mayoría de salones del recinto —intervino mi madre, dándome un beso en la frente.
Salí de casa antes de que pudieran hacerme más preguntas. El aire de Shadow Creek estaba cargado de neblina, una bruma que se pegaba a la ropa y calaba hasta los huesos. Mientras caminaba hacia el instituto, el bosque a mi derecha parecía observarme. Mis manos aún cosquilleaban, y el peso de la “tarea” de recolectar flores me recordaba que, en este pueblo, incluso la belleza se extraía de la espesura más oscura.
De pronto, una mano cálida, firme y cargada de una electricidad familiar se posó sobre mi hombro. Di un salto, ahogando un grito que todavía sabía a gaélico.
—Tranquilo, vaquero. Solo soy yo.
La voz era suave, una melodía de terciopelo que cortó la bruma. Me giré. Ashley. Estaba allí, con su uniforme impecable y esa sonrisa que hacía que, por un segundo, Shadow Creek pareciera un pueblo normal de postal. Ella también llevaba una pequeña cesta de mimbre, idéntica a la mía.
—¿Cómo está mi pelirrojo favorito? —preguntó, ladeando la cabeza. Sus ojos brillaban, pero noté una ligera palidez bajo su maquillaje perfecto.
—Si Alexis te escucha decir eso… te entierra tres metros bajo tierra en el sector C —respondí, intentando que mi voz no temblara—. ¿También te tocó recolecta de flores?
Ashley suspiró, señalando su cesta. En Shadow Creek, los estudiantes tenían una tarea sagrada y tediosa: recolectar flores silvestres del bosque antes de la primera campana para decorar los salones. Una tradición que el Director Thorne llamaba “cultivar la armonía”, pero que a las seis de la mañana se sentía como una condena.
—Amo a Alexis, es mi sangre… pero tú eres más culto, Ethan —dijo ella, retomando el paso—. Además, recolectar flores con ella es un deporte de riesgo; siempre intenta asustarme con historias de aparecidos, sin ofender.
—Demasiado tarde —dije, esbozando una sonrisa débil que me dolió en los músculos de la cara.
Caminamos juntos hacia la entrada de la academia. La niebla se volvía más espesa a cada paso, pegándose a nuestra piel como una sábana húmeda, metiéndose en los pulmones con un sabor a tierra vieja. Al llegar a la verja principal, me detuve en seco. El frío en mi nuca no era por el clima.
—¿Ese no es el Director Thorne? —susurré, señalando la mole de hierro negro.
Ashley entrecierra los ojos, perdiendo su sonrisa.
—Qué raro… —frunció el ceño, ajustándose la bufanda—. A estas horas ya debería estar encerrado en su oficina, fumando ese tabaco rancio como la oruga de Alicia en el País de las Maravillas. ¿Qué hace ahí parado como un centinela?
Thorne estaba inmóvil frente a la verja cerrada. No llevaba su abrigo habitual; solo su traje oscuro, pareciendo una extensión de las lanzas de hierro. Al acercarnos, la tensión en el ambiente era casi eléctrica.
—Buenos días, señor Director —dijimos al unísono, una respuesta automática grabada a fuego por años de disciplina.
Thorne nos observó. Su expresión no era la de la autoridad severa de siempre; había algo más. Una rigidez en su mandíbula, una palidez que ni la niebla lograba justificar. Sus ojos saltaron de Ashley a mí, deteniéndose un segundo de más en mis ojeras.
—Buenos días, estudiantes —su voz fue seca, una lija frotando contra madera vieja.
Ashley dio un paso adelante, con esa seguridad de “realeza del pueblo” que solo ella poseía.
—¿Todo está bien, señor? Es inusual verlo aquí fuera antes de la primera campana.
Thorne apretó los dientes, produciendo un sonido óseo.
—El conserje no ha abierto la verja esta mañana —dijo, mirando hacia la garita vacía—. Julian no responde a las llamadas. No ha aparecido en su puesto. Y, como podrán ver… la escuela sigue bajo llave.
Sentí un nudo en el estómago, un eco de la pesadilla de anoche. Te encontré.
—¿Julian? —pregunté, y mi voz sonó como un graznido.
—Correcto, señor Willians. Un hombre de su… trayectoria… no suele ser impuntual.
Thorne señaló la verja. El candado de cadena gruesa seguía intacto, burlándose de nosotros.
—¿Tiene llaves de repuesto? —preguntó Ashley, cruzando los brazos sobre el pecho.
—En mi oficina. En el interior del edificio —Thorne hizo una pausa, mirando hacia arriba, a las puntas afiladas del hierro—. Y no pienso trepar una verja como si fuera un delincuente juvenil bajo mi propia jurisdicción.
Ashley sonrió. Fue una chispa de travesura en medio de la penumbra. Me miró de reojo y supe que estaba perdido.
—Nosotros podemos hacerlo —anunció ella.
La miré, incrédulo.
—¿“Nosotros”? —susurré—. Ashley, peso diez kilos más que tú y tengo el equilibrio de un ciervo recién nacido.
Ella me apretó el brazo, ignorándome.
—Claro que podemos, señor. Entramos, buscamos a Julian, tomamos las llaves de la garita y le abrimos desde dentro. Será más rápido que esperar a que el Sheriff llegue desde el otro lado del valle.
Thorne nos observó en silencio, evaluándonos como si fuera a darnos una nota por nuestra audacia. Se llevó la mano al bigote, pensativo.
—El Sheriff viene en camino para traer las llaves de emergencia que tiene en la comisaría… pero no estaría de más tener el acceso despejado antes de que lleguen los demás autobuses. Tengan cuidado. El rocío hace que el metal sea resbaladizo.
Ashley asintió con una seriedad fingida.
Trepar la verja fue un ejercicio de torpeza por mi parte y de agilidad felina por la de ella. Caímos al otro lado sobre una alfombra de hojas secas y escarcha. El sonido del crujido fue violento en el silencio absoluto del recinto. El interior de la academia se sentía… cambiado. No era la soledad de un edificio vacío; era la quietud de una tumba recién sellada.
—Esto no me gusta, Ash… —murmuré, sintiendo que el aire aquí dentro era más denso, más difícil de tragar.
Ella no respondió. Caminaba con la vista fija en la caseta de Julian, una pequeña estructura de madera y piedra que aparecía y desaparecía entre los jirones de niebla. Golpeó la puerta.
—¿Julian? ¿Estás ahí?
Nada. Solo el eco.
—¿Julian? Soy Ashley. Abre, el Director está afuera perdiendo la paciencia.
Silencio absoluto. Se acercó a la ventana empañada y limpió un círculo con la manga. Miró dentro y retrocedió un paso, su rostro perdiendo el poco color que le quedaba.
—No hay nadie. Pero… las luces están encendidas.
Un escalofrío me recorrió la columna, recordándome las manos frías de mi sueño.
—Entonces… ¿dónde está?
Ashley no respondió. Se giró hacia el edificio principal, cuyas gárgolas parecían inclinarse hacia nosotros desde las cornisas.
—Voy a intentar entrar por la puerta lateral de la cocina. Si algo pasó, tenemos que saberlo antes de que el Sheriff convierta esto en una escena del crimen.
—¿Qué? ¿Ahora? Ashley, esto es una locura —el pánico empezó a subirme por la garganta—. Deberíamos volver, saltar la verja y decir que no lo encontramos.
Ella me miró. Por un segundo, su máscara de seguridad falló. Vi el miedo crudo en sus pupilas, un reflejo de mi propio terror. Pero luego, apretó los labios y su determinación regresó.
—Si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará, Ethan.
Dio un paso hacia el edificio, y entonces… lo escuchamos.
Un sonido. Detrás de nosotros. Un crujido lento, rítmico. Un arrastrar de patas sobre la hojarasca mojada. Nos giramos al unísono, con el corazón martilleando contra las costillas.
Allí estaban.
Dos lobos. O lo que Shadow Creek llamaba lobos. Eran bestias enormes, de hombros anchos y dientes como cuchillos. Simplemente estaban allí, observándonos con esos ojos de un amarillo azufre.
Pero había algo diferente. Su pelaje no estaba erizado. Estaba empapado. Oscuro. Pegado al cuerpo en mechones apelmazados.
—Ethan… —susurró Ashley, y su voz era apenas un hilo de seda—. Eso no es agua de la niebla.
—Es sangre —terminé por ella. El olor me golpeó entonces: metálico, acre, caliente.
Los lobos avanzaron. Un paso. Luego otro. Sin prisa, con la confianza de quien sabe que la presa no tiene a dónde ir. Ashley retrocedió instintivamente, chocando contra mi pecho.
—Esto no tiene sentido… —dijo ella, con la voz quebrada—. La verja está cerrada. Los muros son de tres metros. ¿Cómo… cómo han entrado aquí?
Yo no podía moverme. Mis pies estaban clavados en el fango. —Tranquilos. No respiren tan fuerte.
La voz rompió el hechizo. Logan salió de entre los árboles laterales, moviéndose con una calma antinatural, como si estuviera dando un paseo por el parque. No parecía sorprendido, ni asustado.
—No hagan movimientos bruscos —dijo, acercándose lentamente a nosotros, colocándose entre las bestias y nosotros.
Fruncí el ceño, el miedo mezclándose con una confusión violenta.
—¿Logan? ¿Qué haces tú aquí dentro? —pregunté—. Y… ¿cómo que “tranquilos”? ¡Están cubiertos de sangre!
—Los conozco —respondió él, sin mirarnos. Extendió una mano hacia el lobo más grande, un gesto que debería haber terminado con su brazo arrancado—. Son inofensivos si sabes hablarles.
—¿Inofensivos? —Ashley gritó, el pánico tomando el control—. ¡Logan, mira sus hocicos! Eso no es pintura. ¡Se han alimentado de algo!
—Escúchame, Ashley —la voz de Logan se volvió gélida, dominante—. No van a hacer nada. Solo están… de paso.
Pero los lobos no parecían estar de acuerdo. El más grande ladeó la cabeza, ignorando la mano de Logan. Sus pupilas se contrajeron, fijándose en Ashley. Era una mirada de hambre antigua, de un hambre que no se saciaba con animales del bosque.
De pronto, el lobo se tensó. Sus músculos se agruparon bajo el pelaje ensangrentado.
—Ashley… muévete. ¡Ashley! —le grité, pero ella estaba paralizada, sus ojos fijos en la muerte amarilla que tenía delante.
El lobo soltó un siseo, más parecido a un susurro humano que a un gruñido animal. Se lanzó. Fue un borrón gris y rojo volando por el aire hacia el cuello de Ashley.
—¡NO! —gritamos Logan y yo al mismo tiempo.
Logan intentó interponerse, pero fue demasiado lento. El tiempo pareció dilatarse. Vi los colmillos de la bestia a centímetros de la garganta de Ashley, vi el terror absoluto en su rostro…
Y entonces, un sonido fuerte como un rayo.
Un disparo de escopeta de cañón recortado golpeó al lobo en pleno vuelo, lanzándolo hacia un lado como un saco de arena. El Director Thorne apareció entre los árboles, recargando el arma con un clic metálico que resonó en todo el recinto. A su lado, el Sheriff Clark portaba un rifle de caza, apuntando con una precisión gélida.
—Les dije que tuvieran cuidado —rugió Thorne—. En Shadow Creek, la fauna no respeta los uniformes.
El segundo lobo no huyó. Se quedó allí, e increíblemente, fijó su mirada en Logan. No había miedo en el animal, solo una especie de reproche salvaje.
—Red Velvet… no me mires así, por favor —susurró Logan. Su voz sonaba herida, rota, como si estuviera hablando con un viejo amigo.
El lobo, al que Logan llamó por ese nombre inquietante, se lanzó sobre él con una velocidad ciega. Justo antes de que le arrancara el cuello, el rifle del Sheriff Clark escupió fuego. La bala impactó en la cabeza de la bestia, desplomándola instantáneamente a los pies de Logan.
—Los animales salvajes son eso —dijo el Sheriff Clark, soplando el humo del cañón con una indiferencia que me revolvió el estómago—. Salvajes.
Logan se quedó mirando los cadáveres, inmóvil. Ashley temblaba tanto que tuve que sostenerla para que no cayera. El olor a pólvora y sangre caliente llenaba el aire, borrando el aroma de las flores que habíamos venido a buscar.
El Director Thorne exhaló lentamente. Fue un suspiro largo, de una artificialidad controlada, como si estuviera expulsando el último rastro de adrenalina de su sistema. Sin desviar la mirada del bosque, extendió el brazo y le entregó la escopeta al Sheriff Clark con un movimiento mecánico.
Luego, giró sobre sus talones. Su paso era firme, cargado de una autoridad que parecía comprimir el aire a su alrededor. Caminó directo hacia Logan.
—Le advertí, señor Reed… —su voz era un susurro gélido, pero cortante como un bisturí—. Le advertí que no se acercara a la fauna local fuera de los protocolos.
Thorne se detuvo a escasos centímetros de él, su sombra cubriendo al chico y al animal caído.
—Suelte el cadáver. Ahora.
Logan no respondió. No podía. Estaba de rodillas sobre el barro y la escarcha, con las manos temblorosas hundidas en el pelaje empapado de Red Velvet.
—No… no… —murmuraba, negando con la cabeza en un trance de negación pura—. No iba a hacerle daño… se lo juro, él no era así…
Su voz se quebró, soltando un sollozo seco que pareció desgarrarle la garganta. Apretó el cuerpo inerte del lobo contra su pecho, manchando su uniforme de un carmesí espeso. Lo sostenía con una desesperación casi maternal, como si el calor de su propio cuerpo pudiera engañar a la muerte y traerlo de vuelta.
—Lo conozco… desde que era un cachorro… yo lo conozco…
Logan empezó a llorar. Fue un llanto sin vergüenza, un desbordamiento de pérdida absoluta que resonó en el patio vacío de la Academia. No era la rabieta de un adolescente; era el lamento de alguien que acababa de ver morir a alguien de su familia.
El Director observó la escena en un silencio sepulcral. No había burla en sus ojos, pero tampoco compasión. Era la mirada de un entomólogo analizando una muestra defectuosa. Fría. Distante.
Thorne se giró entonces hacia nosotros. Ashley estaba sufriendo un colapso silencioso; sus manos bailaban involuntariamente y su respiración era un silbido errático. Sin dudarlo, el Director se quitó su pesado abrigo de lana y lo colocó sobre los hombros de la chica.
—Está a salvo, señorita Walker —su tono cambió. Bajó la frecuencia, volviéndose extrañamente humano, casi protector—. Respire. El peligro inmediato ha sido neutralizado.
Ashley asintió mecánicamente, apretando el abrigo contra sí, pero las palabras se le quedaban atrapadas en la garganta. Yo me sentía igual; el sabor a pólvora se me había pegado al paladar.
—Muy bien —continuó Thorne, recuperando su máscara de hierro—. El Sheriff Clark ya ha solicitado refuerzos. Hasta que lleguen los oficiales de apoyo, nadie se mueve de este sector sin mi permiso expreso.
Hizo una leve señal con la cabeza. Clark, que había estado vigilando el perímetro con el rifle al hombro, entendió sin necesidad de palabras. Se dirigió hacia la entrada principal de la Academia, cuyas puertas de madera pesada parecían dos lápidas esperando ser empujadas.
—Voy a revisar el interior —anunció Clark, verificando la recámara de su arma con un clic metálico—. Esto no es normal, ni siquiera para los estándares de Shadow Creek.
—Nada de esto lo es —sentenció Thorne, mirando las gárgolas del techo.
Empujé las puertas de roble con el cañón del rifle, no por cortesía, sino por supervivencia. El aire que escapó del vestíbulo me golpeó la cara como el aliento de un cadáver: una mezcla de humedad estancada, cera vieja y ese dulzor metálico que solo la sangre caliente puede generar. En mis diez años de servicio en este pueblo maldito, he aprendido que el silencio nunca es solo ausencia de ruido; en Shadow Creek, el silencio es una advertencia.
—Nada de esto lo es —había dicho Thorne afuera. Tenía razón. El Director siempre tiene una maldita razón.
Crucé el umbral y mis botas resonaron sobre el mármol con la contundencia de un veredicto. Encendí la linterna acoplada al guardamanos del rifle. El haz de luz cortó la penumbra, revelando un rastro que me hizo apretar la mandíbula hasta que me dolieron los oídos.
Huellas.
No eran simples rastros de lobo. Había marcas de garras que habían hendido la madera de los zócalos con la facilidad de un cuchillo caliente en mantequilla. Y entre ellas, un surco ancho y húmedo. Algo había sido arrastrado hacia la oscuridad de las escaleras, pero no con la prisa de un animal hambriento, sino con la parsimonia de un carnicero que disfruta del peso de su mercancía.
Seguí el rastro. La luz de mi linterna bailó sobre las paredes hasta que se detuvo en el rincón de los suministros.
—Maldita sea, Julian… —mascullé entre dientes.
Me detuve a dos metros. He visto accidentes de caza, suicidios con escopeta y peleas de bar que terminaron en funerales de caja cerrada, pero esto… esto era una exhibición. Julian estaba allí, o lo que quedaba de la carcasa humana que solía responder a ese nombre. Lo habían abierto en canal, una incisión perfecta y brutal que iba desde el esternón hasta el pubis.
Sus órganos no estaban simplemente fuera; estaban dispuestos sobre las baldosas con una simetría que me revolvió el estómago. Parecía una lección de anatomía impartida por un demonio. Sus ojos, fijos en el artesonado del techo, conservaban un brillo de terror tan puro que sentí la necesidad de cerrárselos, pero el protocolo —y el asco— me lo impidieron.
La sangre no era un charco; era un manifiesto. Proyectada contra las paredes en arcos y salpicaduras que, bajo la luz de mi linterna, formaban patrones casi legibles. Una caligrafía de tendones y plasma.
Sentí el peso de la radio en mi cinturón como si fuera de plomo. La tomé con la mano libre, sin apartar la vista de los restos esparcidos de Julian. La estática siseó un momento antes de que lograra articular palabra.
—Central… aquí el Sheriff Clark —dije, y por primera vez en años, mi voz flaqueó un milímetro—. Informen al alcalde Smith que el perímetro interno está comprometido.
Hice una pausa, mirando el vacío en las cuencas de Julián. Algo más estaba acechando Shadow Creek y no parará .
—Soliciten la presencia inmediata del nuevo forense —ordené, soltando el aire lentamente—. Llamen al Doctor Miller. Díganle que su primer turno en Shadow Creek acaba de empezar…
…"
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