Residuos de Maldad: Cap. III
Marcos despertó exaltado y en estado de confusión; el ruido de explosiones, gritos y los continuos destellos de luz no le ayudaban a centrarse. Una mordaza ocupaba su boca; intentó mover sus manos, pero sus cuatro extremidades, cabeza y tronco estaban atados al lugar donde se encontraba acostado.
—Hmm —intentó gritar y llamar la atención de alguien.
Algo se movió a su derecha; hizo esfuerzos por ver quién era, pero no podía girar la cabeza.
—Hmm.
Marcos volvió a intentar gritar, llamar la atención, pero no consiguió respuesta. Una sensación de frío invadió su brazo derecho. Unos segundos después, sus ojos se quedaron fijos mientras intentaba gritar, aunque en vano. Despertó de nuevo en la habitación que le habían asignado.
—Señor Bruna, ¿cómo ha dormido? —preguntó Ernesto.
—Mal, creo que he tenido una horrible pesadilla.
—Entiendo. Puede ser un efecto adverso de una de las medicaciones de preparación.
—Tengo una sensación extraña. ¿Cuánto tiempo he dormido?
—Solo unas horas. No se preocupe, es normal estar un poco desorientado.
—Ya… ¿Ahora qué?
—Es hora de comer.
—La verdad no tengo mucha hambre —contestó Marcos.
—Lo sé, pero no nos gustaría que perdiera su masa muscular de base en estos días. A más fuerza tiene antes de la transformación, más fuerza tendrá después.
—… Entiendo.
La comida fue servida unos minutos después. Bistec de ternera a las brasas, una ensalada de hojas verdes y una abundante ración de arroz con langostinos.
—Ahora el postre —anunció Ernesto.
A los pocos minutos trajeron un pequeño envase de plástico con gelatina. Marcos miró el envase sin ponerle mucho interés; extendió la mano y exprimió el envase derramando su contenido y luego lo tiró contra la pared. Ernesto se mantenía tranquilo mientras Marcos miraba a sus manos estupefacto.
—Perdón. No sé qué ha pasado.
—Tranquilo, Marcos. Es otro efecto adverso de la medicación. Recuéstate un poco.
Marcos siguió las instrucciones y empezó a sentirse adormilado. Sus ojos se cerraron; aún en estado de semiconsciencia, escuchó a Ernesto hablar.
—Adiestramiento de Delta Once completado.
Marcos despertó amordazado y sujeto por abrazaderas metálicas a una mesa de acero. El general Schulz estaba presente, miró a Marcos y asintió. Un hombre vestido de blanco se acercó con una jeringa llena de un líquido negro. Los ojos de Marcos se abrieron de par en par; había pánico en su cara. Empezó a forcejear con las abrazaderas como un maníaco en un intento de liberarse; no tuvo éxito. La mordaza ahogaba sus intentos de hablar y de gritar.
A medida que la jeringa se acercaba a la vía intravenosa de su brazo, su pánico era más evidente, sus ojos abiertos de par en par, como si estuviese viendo algo horrible. El líquido negro entró en sus venas. El cuerpo de Marcos se contrajo; su mandíbula mordió la mordaza con tal intensidad que rompió el plástico. Su cuerpo se relajó unos segundos para luego volver a contraerse; sus ojos se volvieron negros como aquel líquido mientras de su boca salía un grito desgarrador. Unos segundos después perdió la consciencia.
Marcos despertó de nuevo en su habitación, sobre aquella cama de hospital. Ernesto estaba a su lado, como siempre.
—¿Qué me hicieron?
—Lo que prometimos. Darte la oportunidad de ser un superhombre.
—Esa cosa… esa cosa negra. ¿Qué cojones era eso?
—Un esteroide moderno. Eso es todo.
—¡Eso no era un esteroide! He usado montones de esteroides, eso no era un esteroide, esa cosa… era mala.
—Tranquilo, Marcos. Solo estás teniendo uno de los efectos adversos de la medicación. Puede inducir paranoia en algunos casos, pero es algo pasajero. Algunos tienen alucinaciones muy severas. ¿Tú qué has visto?
La piel de Marcos se erizó.
—Estaba en un lugar oscuro y vacío. Alguien reía en la oscuridad. Unas manos negras salieron del suelo y me sujetaron por los pies; me arrastraban hacia abajo. Luchaba pero era inútil, me hundí en un lodo negro e espeso, esas manos tiraban de mí hacia abajo, el lodo negro me cubrió, sentía que me moría, que me ahogaba.
—Sí. Una de las alucinaciones más comunes. Aunque también es una señal de que la medicación ha sido efectiva. En unas horas empezará la transformación. Aunque te aviso, aún hay algunos efectos secundarios que serán incómodos. Por ahora, a entrenar.
—¿Ahora?
—Sí, Marcos, ahora.
Marcos se levantó de la cama. Ya no había una venoclisis en su brazo, ni punto de punción. Ernesto le entregó un traje de cuerpo completo de spandex de su talla en color gris y unas zapatillas. Marcos se vistió en el baño y lo siguió a lo largo del pasillo a una puerta por la que no había entrado nunca antes. Era un gimnasio, con todas las maquinarias necesarias excepto cardio. Había tres hombres y dos mujeres entrenando. Marcos les había visto entre los voluntarios durante la demostración del sargento Daidone. No pudo acercarse; los enfermeros se interponían en cualquier intento de interacción.
—Concéntrate en tu trabajo. La primera semana es la más importante para desarrollar tu masa muscular, aprovéchala. Empecemos por un clásico: el press de banca.
Los discos se veían un poco diferentes a lo habitual; parecía poco peso, pero al mirar en detalle se percató de que la barra ya estaba cargada con el peso máximo que Marcos podía cargar: ciento ochenta kilogramos. Marcos empezó a estirar.
—Este es tu calentamiento —Ernesto señaló al banco.
—Pero…
Ernesto no le dejó hablar y volvió a señalar al banco. Marcos se recostó en la banca con algunas dudas, sujetó la barra y levantó el peso; aún sosteniendo el peso en alto miró a Ernesto, el cual solo sonrió.
—Empieza.
Marcos empezó a levantar la barra sin dificultad hasta completar quince repeticiones.
—Necesito más peso. No estoy siquiera cansado.
—Cárgalo tú mismo. Yo no soy tan fuerte —le respondió Ernesto señalando a otro disco.
Marcos se incorporó y retiró los discos más pequeños. El más grande pesaba cien kilogramos. Añadió otro disco de cien kilos según le indicó Ernesto.
—Doscientos cincuenta kilos en total. Veamos qué tal te va.
Marcos sonrió y volvió a tumbarse en la banca. Al levantar el peso era obvio que estaba haciendo un esfuerzo.
—Ahora sí.
Marcos continuó levantando la barra hasta llegar a quince repeticiones.
—Bien, a seguir con tríceps. No necesitas mucho descanso, vas a hacer superseries —Ernesto señaló a la polea.
Por supuesto, la máquina estaba fuera de lo estándar. La única forma de definirla sería llamarla una Smith industrial. Marcos pasó por diferentes máquinas con pesos muy superiores a su máximo habitual.
—Hora de hacer cardio —anunció Ernesto.
Para el momento en el que Marcos terminó su sesión de ejercicios, los demás ya habían salido del gimnasio junto a sus enfermeros/entrenadores. Marcos siguió a Ernesto hacia otra puerta. Esta vez, una pista de carreras. Mientras Marcos veía a los otros voluntarios correr, Ernesto le colocó unas pesas en pies y manos.
—Diez kilos en cada extremidad. Ahora carga la mochila. Son otros cuarenta kilos y a correr.
—Joder, macho. Esto es mucho peso.
—No. No lo es —Ernesto señaló a los que corrían por la pista—. En marcha.
Marcos se colocó la mochila y empezó a correr. Era difícil correr con ese peso, pero no imposible; lo más duro era el desequilibrio.
—¡Vas muy lento! —le gritó Ernesto al completar una vuelta.
Marcos tuvo que esforzarse; pronto inició una carrera entre los voluntarios. Los cuatro hombres, Marcos incluido, y las dos mujeres competían por adelantarse los unos a los otros.
—¡Suficiente!
Marcos estaba tercero en la formación y a punto de alcanzar a la chica en segundo lugar cuando ordenaron el fin del entrenamiento. Marcos se detuvo jadeando junto a Ernesto.
—No está mal para tu primer día. Tu velocidad máxima fue de cuarenta y cinco kilómetros por hora. En total hiciste unos cuarenta y siete kilómetros. ¿Cómo te sientes?
—Genial. Soy invencible.
Marcos adoptó una pose de doble flexión de bíceps. Ernesto miró su reloj de pulsera. Mientras contaba en voz susurrada, los ojos de Marcos se volvieron negros y cayó de lado.
—¿Qué me pasa?
—Estás agotado, eso es todo.
Ernesto hizo una señal; un par de militares se acercaron con una camilla y levantaron a Marcos, el cual casi no podía moverse. Sus ojos habían regresado a la normalidad. A su alrededor los otros voluntarios del experimento empezaban a marearse y caer a diferentes ritmos. Los soldados los recogían y los llevaban al comedor. Al sentir el olor de la comida se levantaron como bestias famélicas. La comida de las mesas desaparecía a una velocidad sobrehumana.
—Los baños están por allí —señaló uno de los entrenadores.
Marcos y los demás no le prestaron mucha atención y siguieron comiendo desesperados. Unos quince minutos después empezaban a tocarse el abdomen y en segundos se lanzaron a la carrera hacia los baños. El ruido de gases y el vaciar de sus vísceras podía escucharse a lo lejos. Tras varios minutos, Marcos y los demás salían del baño. Más comida y bebidas les esperaba en la mesa; el ciclo de comer hasta el límite y correr al baño se repitió en cuatro o cinco ocasiones dependiendo del individuo.
—No es difícil de entender: el músculo necesita nutrientes para crecer —comentó Ernesto a un Marcos somnoliento.
Marcos miró a su alrededor; todos los voluntarios se estaban quedando dormidos. Los soldados los recostaron en las camillas y los llevaron a sus habitaciones.
Marcos despertó gritando como loco, sudando y en pánico; no era el único. Algún otro voluntario despertó gritando de forma tan desesperada que se escuchó por todo el pasillo.
—¿Otra pesadilla? —preguntó Ernesto.
Marcos se agarró los hombros.
—No parece una pesadilla. ¿Qué me está pasando? Me están arrastrando hacia abajo, hacia el infierno.
—Tranquilo, es solo un efecto secundario; casi todos lo tienen.
Marcos sujetó su cabeza entre sus manos.
—¿Qué he hecho?
—No es nada. Estarás bien. Es hora de tus ejercicios.
Marcos no se veía con ganas. Pero años de disciplina y dedicación le obligaron a salir de la cama y seguir a Ernesto al gimnasio. Mientras caminaba por el pasillo vio las caras de los demás voluntarios; la falta de deseo en sus ojos era evidente. Marcos entró al gimnasio y su perspectiva cambió; la imagen que repetía sus movimientos en el espejo era irreconocible. No era el único; los demás voluntarios se miraban al espejo con fascinación. Músculos hiperdesarrollados, definidos y sólidos como el acero se contraían para hacer aún más prominentes aquellas abultadas venas.
—A trabajar, esos músculos no se hacen solos.
Como el día anterior, Ernesto le hizo trabajar todos los grupos musculares. Marcos siguió sus instrucciones con renovado interés. Después volvieron a la pista a correr.
—Esto pesa mucho más que ayer —se quejó uno de los voluntarios.
—Por supuesto. Hoy eres más fuerte que ayer. ¡A correr!
Marcos y los demás repitieron la carrera del día anterior, ahora con más peso y durante más tiempo. Marcos acabó en cuarta posición esta vez. De nuevo fueron llevados al comedor y volvieron a repetir la misma experiencia de antes. Al terminar la comida, Marcos volvió a su habitación en compañía de Ernesto, esta vez caminando; tanto él como los demás voluntarios mostraban mejor tolerancia al brutal entrenamiento. Tras una ducha se acostó en la cama y se durmió.
Marcos se levantó de la cama sobresaltado; su pesadilla le despertó. Sus ojos estaban negros como el asfalto; las venas en su piel, ingurgitadas y pulsantes, tenían un color oscuro. Marcos corrió al baño y se miró al espejo.
—¿Pero qué…?
Desde el baño Marcos escuchó los pasos que se acercaban por el pasillo; percibió su olor antes de que entrara en la habitación: era Ernesto. Entró acompañado por otros dos hombres. Marcos salió del baño sin acercarse mucho; su actitud era defensiva.
—¿Qué me está pasando?
Al escucharle hablar, Ernesto parecía más tranquilo.
—Esperen fuera —ordenó a los dos soldados, los cuales obedecieron sin oponer resistencia.
—¿¡Qué me está pasando!?
—Es un efecto adverso, estarás bien.
—¿¡Qué clase de medicación te pone los ojos negros como un demonio del infierno!? —Marcos estaba estresado.
Ernesto se cruzó de brazos.
—Estás usando una droga que te hace sobrehumano. En dos días eres más fuerte y rápido que cualquier competidor olímpico. Que tus ojos se tiñan de negro no es la gran cosa. Son solo pigmentos por el metabolismo acelerado; tu cuerpo los eliminará en unos minutos.
—¿Y las pesadillas? ¡Son tan reales!
—Son solo pesadillas, Marcos. Efectos adversos del tratamiento. Desaparecerán en unos días como en todos los demás pacientes.
Se hizo silencio durante unos minutos. Marcos parecía estar pensando.
—Mírate al espejo ahora.
Marcos volvió al baño. Sus ojos habían vuelto a la normalidad.
—¿Lo ves? Son solo pigmentos, no tiene importancia.
Marcos continuó mirándose al espejo, centrándose en sus ojos; estaba en ropa interior, calzoncillos negros ajustados. Todos los músculos de su cuerpo se veían abultados; la división entre las fibras se podía ver bajo la piel incluso en relajación; su grasa corporal era inexistente.
—Esos ojos. Los vi en mis pesadillas; ahora no eran solo manos tirando de mí hacia la oscuridad. Vi caras. Caras pálidas, blancas, deformes, con ojos negros y un montón de venas negras en la piel. «Eres nuestro», me repetían al oído mientras sus manos me empujaban hacia abajo.
—Son solo pesadillas, Marcos. Pasarán en unos días. Ahora vístete, hoy inicias entrenamiento de combate…
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