Capitulo Veintiuno: Por él honor y la fuerza
El Gran Silencio no era silencio.
Era el nombre que los habitantes de Kil le daban al océano que separaba Farkan y Eztranus del resto del mundo, y lo habían llamado así durante generaciones no por ausencia de sonido sino por ausencia de noticias. Las historias que cruzaban ese mar eran pocas y tardaban mucho, y las que llegaban traían con frecuencia algo más que mercancías: rumores de bestias que dormían en las profundidades capaces de devorar flotas enteras, de criaturas voladoras que anidaban en las islas intermedias y calcinaban barcos con su aliento. Nadie podía confirmar cuánto había de verdad en esas historias. Pero tampoco nadie podía negarlo con certeza, y esa incertidumbre era suficiente para que el comercio entre continentes fuera escaso y los viajes militares fueran prácticamente inexistentes.
Dante leyó esas historias y decidió que eran un problema de tecnología, no de destino.
Durante el año 1946, mientras Eztranus terminaba de incorporarse al orden de Exquema, la maquinaria de guerra del Imperio seguía creciendo. Nuevas flotas navales tomaban forma en los astilleros del continente. La fuerza aérea, bautizada como el Talkor, recibía sus primeras aeronaves a propulsión, dejando atrás los modelos de hélices con la misma velocidad con que Exquema había dejado atrás todo lo que no servía. Las armas de fuego coexistían con las espadas porque cada una tenía su función y su momento, pero ambas eran más precisas, más ligeras y más letales que el año anterior.
Antes de ordenar ninguna invasión, Dante envió delegaciones.
A los tres continentes que quedaban, Vaziliks, Izkos y Valkan, llegaron emisarios con la misma propuesta que había funcionado en Eztranus. Sus reyes podrían seguir siendo reyes. Sus pueblos conservarían sus costumbres y su identidad. Pero gobernarían bajo las leyes de Exquema y reconocerían a Dante como soberano. A cambio, recibirían lo mismo que Exquema había dado a los territorios de Zauz y Firil: oportunidad, protección y la destitución definitiva de cualquier institución religiosa con poder político.
Dos continentes no respondieron.
Valkan respondió, pero no de la manera que Dante esperaba.
El reino de Vurkan era el más antiguo de Kil, más viejo que el propio Faizus, y su aislamiento geográfico le había dado durante siglos una confianza tranquila en su propia inexpugnabilidad. El Gran Silencio era su muralla más efectiva. Sus diplomáticos agradecieron la propuesta y la rechazaron con la cortesía de quien no cree que la amenaza sea real.
Dante no respondió con palabras.
Respondió con el Talkor.
Pintura de la autora “Vladila Bononova” sobre la guerra invernal
Las nuevas aeronaves a propulsión cruzaron el océano Baltiko desde los barcos imperiales anclados en su mitad, atacaron y regresaron antes de que las defensas de Valkan pudieran organizar una respuesta coherente. Su velocidad hacía imposible interceptarlas con los medios convencionales que el reino de Vurkan había preparado para repeler una invasión naval. No había flota que detener porque no había flota. Solo el cielo abriéndose de golpe sobre sus ciudades con algo que ningún habitante de ese continente había visto jamás.
Esa demostración tuvo el efecto que las palabras no habían tenido.
Pero también tuvo un efecto que Dante no había calculado del todo.
Vaziliks e Izkos, que hasta entonces observaban desde la distancia, formalizaron una alianza con Valkan antes de que terminara el año. La alianza Continental, la llamaron, tres continentes y seis reinos decidiendo que lo que le ocurriera a uno le ocurriría a todos. Comenzaron a modernizar sus ejércitos con la urgencia de quien sabe que el tiempo no está de su lado, mirando hacia Exquema con la misma mezcla de admiración y terror con que Eztranus había mirado a Exquema antes de que fuera demasiado tarde.
La guerra se expandió.
Lo que había comenzado como un conflicto bilateral en la Garganta del Mundo se convirtió en una guerra que abarcaba el planeta entero. Exquema contra tres continentes y seis reinos simultáneamente, con el Gran Silencio ya no como barrera sino como campo de batalla naval y aéreo.
Vaziliks tomó el rol de eje central de la alianza por su tamaño y sus recursos. Sus tres reinos, Avalon al norte, Burucia en el centro y Excalibur al sur, coordinaron su resistencia con una organización que durante años logró sostener lo que parecía imposible sostener. Izkos peleó con la tenacidad de quien sabe que su continente pequeño no puede permitirse perder ninguna batalla. Valkan aprovechó su aislamiento para recuperarse entre ataque y ataque, reabasteciendo a sus aliados desde la distancia.
Diez años duró la guerra.
Diez años mortales de batallas en tres océanos y cinco continentes, de ciudades tomadas y recuperadas, de líneas que avanzaban y retrocedían en mapas que los generales de ambos bandos miraban con el agotamiento acumulado de una década de decisiones imposibles. Para los habitantes de Kil fue una generación entera marcada por el conflicto. Para Dante fue un año de su vida.
Esa asimetría lo acompañó en silencio durante toda la guerra.
Valkan cayó primero, agotado por los ataques aéreos y convencido finalmente de que resistir costaba más que ceder. Su rey firmó la rendición con la dignidad de quien reconoce que perdió sin haber sido destruido, y Dante le extendió los mismos términos que a todos los anteriores. Izkos siguió poco después, sus dos reinos demasiado pequeños para sostener solos lo que tres continentes juntos no habían podido sostener. Finalmente Vaziliks, su alianza desintegrada y sus fronteras agotadas, fue cediendo reino por reino hasta que solo quedó Excalibur, el más austral de los tres, combatiendo con la furia solitaria de quien ha decidido que prefiere las cenizas a la rendición.
El castillo de Excalibur ardió hasta sus cimientos en el asedio final. El 12 del mes de Kali del año 1957, la guerra terminó. Kil era de Exquema.
No de la manera en que un conquistador toma un territorio, arrancándolo de las manos de quien lo habitaba y borrando lo que había antes. De la manera en que Dante había imaginado aquella primera noche en una taberna de Faizus, con la gente todavía siendo gente, con los reyes que habían sobrevivido la guerra gobernando sus tierras bajo leyes que los obligaban a ver a sus propios súbditos como algo más que instrumentos. Algunos de esos reyes habían caído durante los diez años de conflicto y sus herederos ocupaban ahora sus tronos, pero los términos eran los mismos para todos.
En los primeros días del año 1958, los representantes de cada continente y cada reino de Kil llegaron al castillo de Exquema.
No llegaron encadenados. No llegaron como prisioneros ni como tributarios obligados. Llegaron como lo que Dante había querido que fueran desde el principio: partes de algo más grande que ninguno de ellos podría haber construido solo.
Representación de la Coronación de Dante Lorian como emperador en los libros de historia del Imperio
La coronación fue simple comparada con lo que el momento merecía, o quizás fue exactamente lo que el momento merecía, sin exceso ni ceremonia vacía. Dante Lorian, primero de su nombre, fue proclamado Emperador del Imperio de Exquema ante todos los reinos de su mundo.
Tenía veinticinco años universales.
Un año entero de su vida había bastado para unificar un planeta.
Afuera del castillo, el invierno de Kil seguía siendo invierno, indiferente a la historia que acababa de ocurrir dentro de sus muros. Pero en las ciudades de todos los continentes, en los mercados y las plazas y las tabernas donde diez años antes la gente había aprendido a hablar en voz baja sobre sus gobernantes, había algo que no había habido en mucho tiempo.
Esperanza.
Y en el cielo sobre Exquema, las primeras naves a propulsión del Talkor trazaban estelas en el aire frío, mirando hacia arriba como si también ellas supieran que el siguiente horizonte no estaba en el mar sino en las estrellas…
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