¡Política sospechosa!

La jornada normal sufría ciertas variaciones regulares. Primeramente fue un domingo marcado por la presencia de una orquesta en la terraza, lo que se producía cada quince días y delimitaba, por tanto, la quincena durante la segunda mitad de la cual Hans Castorp había llegado.

Había llegado un martes y era por tanto el quinto día, un día de apariencia primaveral después de la tempestad y la recaída en el invierno; un día delicado y fresco, con nubes limpias en el cielo azul claro y un sol moderado sobre las vertientes y el valle, que habían recobrado su verdor estival, pues las primeras nieves estaban condenadas a fundirse rápidamente.

Era visible que todos se esforzaban en observar y distinguir ese domingo, y la administración y los huéspedes colaboraban en ese esfuerzo. Con el té de la mañana se sirvió una tarta de almendras y junto a cada cubierto había un pequeño búcaro con flores, violetas silvestres y algunas rosas de los Alpes, que los caballeros prendían en la solapa (el procurador Paravant, de Dortmund, se había puesto chaqué y chaleco verde), y los tocados de las señoras eran de una elegancia excepcional y vaporosa. La señora Chauchat apareció a la hora del almuerzo con una blusa de encaje, de manga corta. Entró cerrando con estrépito la puerta vidriera, hizo frente a la sala y, presentándose con cierto encanto, se dirigió en silencio hacia su mesa. Aquel vestido le sentaba tan bien que la vecina de Hans Castorp, la institutriz de Königsberg, estaba completamente entusiasmada. Incluso la pareja vulgar de la mesa de los rusos ordinarios había tenido en cuenta el día consagrado al Señor: el marido había cambiado su abrigo de cuero por una especie de levita corta, y sus zapatillas de fieltro por unos zapatos de cuero. Ella llevaba, bajo su boa deslucido y habitual, una blusa verde con cuello… Hans frunció el entrecejo y se ruborizó, lo que le ocurría con mucha frecuencia.

Inmediatamente después del segundo almuerzo comenzó el concierto en la terraza. Se reunieron allí instrumentos de todas clases y alternaron piezas solemnes y alegres hasta la hora de comer. Durante el concierto, la cura de reposo no era estrictamente obligatoria. Sin duda algunos disfrutaban, desde lo alto del balcón, de aquel regalo acústico, y en la explanada del jardín también había tres o cuatro hamacas ocupadas; pero la mayoría de los huéspedes se hallaba sentada junto a las pequeñas mesas blancas, en la terraza descubierta, mientras que los que compartían una alegre frivolidad, y que encontraban demasiado formal sentarse en las sillas, ocupaban los escalones de piedra que conducían al jardín, manifestando allí su carácter jovial. Eran jóvenes enfermos de ambos sexos cuyos nombres ya conocía Hans Castorp. Herminia Kleefeld se hallaba entre ellos, al igual que el señor Albin, que ofrecía a todo el mundo una gran caja de chocolatinas adornada con flores, aunque él, en vez de comer, se limitaba a fumar con rostro paternal cigarrillos de boquilla dorada. Además del hombre bezón de la Sociedad del Medio Pulmón, se hallaba la señorita Levy, delgada y pálida como siempre; un joven de un rubio ceniza, al que llamaban Rasmussen y que dejaba colgar sus manos como dos lánguidas aletas a la altura de su pecho, y la señora Salomon, de Amsterdam, una mujer corpulenta vestida de rojo que se había unido igualmente a la juventud. Detrás de ella estaba sentado el joven de cabellos ralos, que sabía tocar el Sueño de una noche de verano, rodeando con los brazos sus puntiagudas rodillas y sin cesar de fijar sus miradas turbias en la nuca de la mujer. También había una señorita pelirroja de origen griego; otra joven, de origen desconocido, que tenía un perfil de tapir; el colegial voraz de los gruesos lentes; otro muchacho de quince a dieciséis años que se había puesto un monóculo y que, mientras tosía, se llevaba a la boca la uña alargada del dedo meñique y que parecía un perfecto imbécil, entre otros.

El joven que intentaba cubrirse la boca al toser contó a Joachim en voz baja que, a su llegada, estaba poco enfermo, que no tenía fiebre, y que sólo por precaución su padre, que era doctor, le había enviado allá arriba. Según la opinión del médico jefe debía permanecer allí unos tres meses. Pero transcurrido ese tiempo, tenía de 37,8 a 38 grados y estaba seriamente enfermo. Es cierto que vivía de una manera tan insensata que justificaba su estado.

Los dos primos se hallaban sentados solos en una mesa, pues Hans Castorp fumaba y bebía la cerveza negra que se había hecho traer después del almuerzo y, de vez en cuando, encontraba algo de placer en su cigarro. Un poco pesado por la cerveza y la música que, como siempre, le hacían bostezar e inclinar ligeramente la cabeza, contemplaba con los ojos enrojecidos aquella despreocupada vida de balneario, y era consciente de que todas aquellas gentes languidecían por momentos y empeoraban sin descanso, y de que la mayoría de ellos se hallaba presa de una ligera fiebre. Todo ello prestaba al conjunto una singularidad violenta, una especie de atracción intelectual… Se bebía limonada gaseosa en las mesitas. En una terraza se tomaban fotografías. Otros cambiaban sellos, y la griega pelirroja dibujó al señor Rasmussen en su cuaderno, pero luego no quiso enseñarle el dibujo y, riéndose estrepitosamente, se volvió de tal modo que él no consiguió arrebatárselo de las manos. Herminia Kleefeld, con los ojos entornados, se hallaba sentada en un escalón y llevaba el compás con un periódico arrollado, dejando que el señor Albin prendiese en su blusa un ramito de flores silvestres. El joven bezón, acurrucado a los pies de la señora Salomon, hablaba con la cabeza elevada hacia ella, mientras el pianista de los pelos ralos continuaba mirando fijamente su nuca.

Llegaron los médicos y se mezclaron con los pacientes. El doctor Behrens con su blusa blanca y el doctor Krokovski con su blusa negra. Pasaron entre las mesitas y delante de cada una el médico jefe prodigó bromas cordiales, dejando una estela de alegría a su paso; luego se aproximaron al grupo de jóvenes, cuya parte femenina se agrupó de inmediato alrededor del doctor Krokovski, dándose codazos y mirándose maliciosamente, mientras el médico jefe, en honor al domingo, mostraba a los caballeros un ejercicio de habilidad sobre sus zapatos de lazadas: apoyó su enorme pie en un escalón, se deshizo la lazada, cogió la cinta hábilmente con una sola mano y, sin ayudarse de la otra, consiguió hacer el lazo con tal maestría que todos quedaron asombrados y algunos intentaron imitarle en vano.

Más tarde apareció Settembrini en la terraza. Procedente del comedor, llegó apoyándose en el bastón, vestido una vez más con su levita de paño y su pantalón amarillento, con su aire refinado y escéptico. Miró alrededor y se aproximó a la mesa de los primos diciendo: «¡Ah, bravo!»; luego pidió permiso para sentarse.

—Cerveza, tabaco, música —dijo—. ¡Ahí está su patria! Creo que tiene el sentido de las atmósferas nacionales, ingeniero. Está usted en su elemento, me alegro de veras. Déjeme formar parte de la armonía de su estado.

Hans Castorp rectificó su posición. Ya lo había hecho antes al divisar al italiano. Dijo:

—Llega tarde al concierto, señor Settembrini. Sin duda va a terminar pronto. ¿Le gusta la música? —Si me la imponen, no —contestó Settembrini—. No según el calendario; no cuando huele a farmacia y me es prescrita por razones sanitarias. Todavía me interesa un poco mi libertad, o al menos ese resto de libertad y dignidad humana que aún conservamos. Vengo a estos conciertos de visita, como usted hace entre nosotros; paso un cuarto de hora y sigo mi camino. Esto me proporciona una ilusión de independencia. No digo que sea algo más que una ilusión, pero ¿qué espera…? Lo cierto es que me proporciona cierta satisfacción. En lo que se refiere a su primo es diferente. Para él es un servicio. ¿No es verdad, teniente, que usted considera que esto forma parte del tratamiento? ¡Oh, no se esfuerce, sé que conoce el truco para conservar su orgullo en la esclavitud! Es una treta desconcertante. No todo el mundo en Europa entiende de eso. ¿Me preguntaba acerca de la música…? Pues bien, si usted ha dicho «aficionado a la música» —Hans Castorp no recordaba si había pronunciado estas palabras—, la expresión no está mal elegida, encierra un matiz de frivolidad afectuosa. Bien, pues… lo acepto, soy un aficionado a la música, lo que no significa que la estime particularmente, como estimo y amo por ejemplo la palabra, el vehículo del espíritu, el instrumento, el arado resplandeciente del progreso… La música es lo informulado, lo equívoco, lo irresponsable, lo indiferente. Tal vez quieran objetar que puede ser clara, pero la naturaleza también puede serlo al igual que un simple arroyuelo, ¿y de qué nos sirve eso? No es la claridad verdadera, es una claridad engañosa que no significa nada y no compromete a nada, una claridad sin consecuencias y, por tanto, peligrosa, puesto que nos lleva a contentarnos… Dejad tomar a la música una actitud magnánima. Bien…, así inflamará nuestros sentimientos. ¡Pero se trata de inflamar nuestra razón! La música parece ser el movimiento mismo, pero a pesar de eso, sospecho en ella un atisbo de estatismo. Déjeme llevar mi tesis hasta el extremo. Tengo contra la música una antipatía de orden político.

Hans Castorp no pudo contenerse, golpeó con la mano sus rodillas y exclamó que en toda su vida jamás había oído nada semejante.

—Piénselo, ingeniero —dijo Settembrini sonriendo—. La música es inapreciable como medio supremo de provocar el entusiasmo, como fuerza que nos arrastra hacia adelante, cuando encuentra el espíritu preparado para sus efectos. Pero la literatura debe haberla precedido. La música sola no hace avanzar el mundo. La música sola es peligrosa. Para usted personalmente, ingeniero, es sin duda peligrosa. Su propia fisonomía me lo demostró cuando llegué.

Hans Castorp se echó a reír.

—¡Ah, mi cara…! ¡No me mire, señor Settembrini! No puede imaginar hasta qué punto me desfigura el aire que aquí reina. Me cuesta aclimatarme mucho más de lo que creí.

—Me temo que está equivocado.

—No. ¿Por qué? ¡Ni yo mismo sé por qué me siento tan fatigado!

—Me parece que debemos estar agradecidos a la dirección con estos conciertos —dijo Joachim con aire reflexivo—. Usted considera el asunto desde un punto de vista superior, señor Settembrini, en cierto modo como escritor, y no puedo contradecirle en ese plano. Pero a pesar de todo, creo que debe mostrarse agradecido por un poco de música. No soy, en modo alguno, músico, y además las obras interpretadas no son muy notables, ni clásicas ni modernas; es sencillamente música de banda, pero a pesar de todo, constituye un cambio agradable, que llena unas horas de algo diferente; las distribuye y las llena, una detrás de otra, de tal manera que rompe la monotonía, mientras que de lo contrario los días y las semanas pasan espantosamente. Mire, cada una de esas piezas musicales sin pretensiones dura unos siete minutos, ¿no es verdad? Pues bien, esos minutos constituyen algo en sí, tienen un principio y un fin, se destacan, de alguna forma evitan el deshacerse imperceptiblemente en el ritmo monótono del tiempo. Además, esas obras están divididas en ellas mismas por tiempos y medidas, de manera que siempre ocurre algo y cada instante tiene un cierto sentido al cual uno puede referirse, mientras que en otros casos… No sé si me he…

—¡Bravo! —exclamó Settembrini—. ¡Bravo, teniente! Ha definido a la perfección un aspecto incontestablemente moral de la música, a saber: que ella presta al transcurso del tiempo, midiéndolo de un modo particularmente vivo, una realidad, un sentido y un valor. La música despierta el tiempo, nos despierta al disfrute más refinado del tiempo… La música despierta…, y en este sentido es moral…, ética. El arte es moral en la medida en que despierta. Pero ¿qué pasa cuando ocurre lo contrario: cuando entorpece, adormece y contrarresta la actividad y el progreso? También la música puede hacerlo, es decir, ejercer la misma influencia que los estupefacientes. Una influencia diabólica, señores. La droga pertenece al diablo, pues provoca la letargia, el estancamiento, la pasividad, el servilismo… Les aseguro que hay algo inquietante en la música. Sostengo que es de una naturaleza ambigua. No me excedo al calificarla de políticamente sospechosa.

Continuó esa diatriba y Hans Castorp le escuchaba; pero no consiguió comprenderle del todo, en primer lugar a causa de su fatiga, y además porque estaba distraído con los hechos y gestos de los jóvenes frivolos en los escalones. ¿Era posible lo que veía…? La señorita con cara de tapir se hallaba ocupada en coser un botón del pantalón de deporte del joven del monóculo. El asma hacía pesada y caliente la respiración de la joven, mientras que el muchacho tosía llevándose a la boca sus uñas largas como espátulas. Ambos estaban enfermos, ciertamente, pero aquella actitud no dejaba por eso de testimoniar las singulares costumbres que reinaban allí entre los jóvenes.

La banda tocaba una polca…

Hippe

De este modo el domingo se destacó netamente. La tarde estuvo también marcada por los paseos en coche que realizaron diversos grupos de huéspedes después del té, diversos coches arrastrados por dos caballos fueron hasta lo alto de la curva y se detuvieron ante la puerta principal para recoger a los clientes que los habían alquilado. Casi todos eran rusos, principalmente damas.

—Los rusos siempre pasean en coche —dijo Joachim a Hans Castorp.

Se hallaban de pie a la entrada y para distraerse presenciaban la escena.

—Van a Clavadell, o al lago, o al valle de Fluelen, o quizá al convento. Son las excursiones que hay. Si quieres, un día podemos ir, pero por ahora creo que tienes bastante con aclimatarte y no necesitas emprender nada nuevo.

A Hans Castorp le pareció bien. Tenía el cigarro en la boca y las manos en los bolsillos del pantalón. En esta postura miró a la pequeña y activa dama rusa que, acompañada de su delgada sobrina, tomaba asiento en un coche con otras dos mujeres: eran Marusja y madame Chauchat. Ésta se había puesto un guardapolvo de los de trabilla y no llevaba sombrero. Se sentó al lado de la anciana dama en el fondo del coche, mientras que las muchachas ocupaban el pescante. Las cuatro estaban alegres y no paraban de hablar. Hablaban y reían de la manta demasiado pequeña que apenas cubría sus rodillas, de las frutas rusas confitadas que la vieja tía llevaba en una caja adornada con algodón y puntillas de papel y que ya comenzaba a circular. Hans Castorp distinguía con facilidad la voz velada de la señora Chauchat. Como siempre, cuando esa mujer despreocupada aparecía ante sus ojos, se sentía seguro de aquel parecido que no había logrado identificar hasta que surgió en uno de sus sueños. Pero la risa de Marusja, el aspecto de sus ojos redondos y castaños que miraban puerilmente por encima del pañuelo que ocultaba su boca, y su pecho opulento que no parecía en modo alguno estar interiormente enfermo, le recordaban otra cosa turbadora que había observado recientemente, y por eso dirigió su mirada hacia Joachim sin mover la cabeza. Gracias a Dios, su rostro no estaba tan manchado como el otro día, ni sus labios tan lamentablemente deformados. Joachim miraba a Marusja en una actitud y con una expresión que no tenían nada de militares; por el contrario, parecía tan turbado y olvidado de sí mismo que uno se veía obligado a reconocer que su aspecto era el de un paisano. Pero en aquel instante, pareció despertar y dirigió una rápida mirada hacia Hans Castorp, que apenas tuvo tiempo de desviar los ojos y mirar hacia otra parte. Al mismo tiempo, éste sintió que su corazón latía con fuerza sin razón alguna y por su propio capricho, como siempre le ocurría allí arriba.

El resto del domingo no ofreció nada extraordinario, a excepción tal vez de la comida, que si bien no podía ser más abundante que de costumbre, se distinguía al menos por la delicadeza particular de los platos. En el almuerzo hubo pollo asado adornado con cangrejos y cerezas troceadas, helados, pastas servidas en pequeñas cestas de azúcar hilado y plátanos frescos.

Por la noche, después de beber su cerveza, Hans Castorp sintió que sus miembros estaban muy agitados, más temblorosos y pesados que los días anteriores. A las nueve se despidió de su primo, se tapó con el edredón hasta las orejas y se durmió al instante.

Pero al día siguiente, el primer lunes que el visitante pasaba allí arriba, trajo una nueva modificación periódica en el orden del día: una de las conferencias que el doctor Krokovski daba cada quince días en el comedor ante todo el público adulto de lengua alemana y no moribundo del Berghof.

Se trataba, según Joachim informó a su primo, de una serie regular de cursillos, de una especie de divulgación científica bajo el título general de: «El amor como factor patógeno.»

Este entretenimiento didáctico tenía lugar después del segundo almuerzo y, según dijo Joachim, no era admisible —o al menos era muy mal visto— que se dejase de asistir. Por eso se consideraba una impertinencia sorprendente que Settembrini, a pesar de que hablaba el alemán mejor que nadie, no sólo no asistiese a las conferencias sino que, además, hiciera sobre ellas observaciones poco correctas. En lo que se refiere a Hans Castorp, estaba decidido a ir, en principio por cortesía, pero también por una curiosidad no disimulada. Sin embargo, antes hizo algo completamente erróneo: tuvo la idea de dar por su cuenta un largo paseo, de lo que se resintió hasta un punto que nunca hubiera supuesto.

—¡No puedo más! —exclamó, cuando por la mañana Joachim entró en su habitación—. Es evidente que no puedo continuar así. Estoy harto de la existencia horizontal; con este régimen la sangre se me adormece. En cuanto a ti, es completamente distinto, estás en tratamiento y no quiero influir en ti. Pero tengo ganas de dar un largo paseo después del desayuno, si no te importa. Iré adonde me conduzca el azar. Llevaré algunas provisiones y seré independiente. Ya veremos si soy otro hombre cuando regrese.

—Muy bien —dijo Joachim, al darse cuenta de la determinación de su proyecto—. Pero no te excedas, por favor. Aquí las cosas son muy distintas de allá abajo. Procura estar de regreso a la hora de la conferencia.

En realidad, no sólo razones físicas habían sugerido este proyecto al joven Hans Castorp. Le parecía que su cabeza caldeada, el mal gusto que frecuentemente sentía en la boca y las palpitaciones arbitrarias de su corazón, no se debían sólo a dificultades de aclimatación, si no también a otras cosas, como la conducta de sus vecinos rusos de habitación; los discursos que pronunciaban en la mesa la señora Stoehr, enferma e idiota; la tos pastosa del caballero austríaco que oía todos los días en el corredor; las palabras del señor Albin; sus conjeturas sobre las relaciones que mantenían aquella juventud enferma; la expresión del rostro de Joachim cuando miraba a Marusja, y otras observaciones que había hecho. Pensaba que sería bueno escapar del círculo mágico del Berghof, respirar profundamente el aire libre y hacer ejercicio a fin de descubrir por qué estaba fatigado por las noches.

Se separó de Joachim cuando, después del desayuno, éste se dispuso a emprender su habitual paseo hasta el banco del arroyuelo, para seguir su camino, con el bastón en la mano, y descender por la carretera.

Era una mañana fresca y cubierta; las ocho y media. Como se había propuesto, Hans Castorp aspiró profundamente el aire matinal, esa atmósfera fresca y ligera que penetraba sin esfuerzo, que no tenía humedad y carecía de contenido y recuerdos… Franqueó el torrente y los estrechos raíles, encontró el camino irregularmente bordeado de casas y, abandonándolo, penetró por un sendero a través de los prados que, tras un corto trayecto llano, se elevaba en una fuerte pendiente hacia la derecha. Esa subida alegró a Hans Castorp, su pecho se dilató, con el puño del bastón empujó su sombrero hacia atrás y, cuando alcanzó cierta altura y contempló el paisaje, divisó a lo lejos el espejo del lago cerca del que había pasado a su llegada. Entonces se puso a cantar.

Cantaba los fragmentos que se le ocurrían, toda clase de canciones sentimentales y populares, canciones de estudiantes y deportistas entre ellas una que contenía estas líneas:

«Que los bardos canten el amor y el vino,
pero con mucha más frecuencia la virtud…»

Comenzó cantando en voz baja para terminar haciéndolo a pleno pulmón. Su voz de barítono era dura, pero en aquel momento le parecía bella y se entusiasmaba a medida que iba cantando.

Cuando llegaba a una nota demasiado alta apelaba al falsete y su voz continuaba pareciéndole bella. Cuando su memoria fallaba, salía del paso poniendo a la melodía palabras y sílabas desprovistas de sentido que, a la manera de los cantares de ópera, pronunciaba modulándolas con los labios y arrastrando guturalmente las erres. Finalmente, llegó a improvisar, tanto en el texto como en la melodía, y a acompañar su producción con movimientos operísticos de los brazos. Como resultaba muy costoso subir y cantar al mismo tiempo, su respiración se precipitó y comenzó a faltarle. Pero por idealismo, por amor a la belleza del canto, resistió, lanzando frecuentes suspiros, y persistió hasta el último aliento, hasta que, completamente exhausto, con el pulso batiente y sin nada más ante sus ojos que un resplandor multicolor, se dejó caer junto al tronco de un pino, sintiéndose dominado, tras una exaltación tan extraordinaria, pero un pesimismo penetrante y unas náuseas incipientes.

Cuando se tranquilizó un poco, se puso en pie para reanudar el paseo. Su nuca temblaba con fuerza y, a pesar de su juventud, le meneaba la cabeza como antaño le ocurría al viejo Hans Lorenz Castorp. Él mismo recordó cordialmente a su abuelo difunto y, sin importarle, se complació en imitar la manera en que el viejo combatía aquel temblor sosteniéndose la barbilla.

Subió aún más arriba haciendo zigzag. Le atrajo el son de los esquilones y encontró un rebaño, que pacía en las cercanías de una choza, cuyo techo estaba asegurado con fragmentos de roca. Dos hombres barbudos se dirigían hacia él y se separaron en el momento en que se acercó a ellos.

—¡Bueno, adiós y mil gracias! —dijo uno al otro con voz gutural y, cambiándose el hacha de hombro, comenzó a descender entre los pinos del valle.

En su soledad, aquellas palabras resonaron singularmente en los oídos de Hans Castorp; las repitió en voz baja, esforzándose en imitar el acento gutural y solemnemente torpe del montañés. Luego siguió ascendiendo, pues quería alcanzar el límite del bosque, pero después de contemplar un momento la subida, renunció a su proyecto.

Tomó un sendero que, primero en terreno llano y luego inclinado, conducía a la aldea. Se internó en un bosque de coniferas de altos troncos y, mientras lo atravesaba, volvió a cantar en voz baja, pues sus rodillas temblaban en el descenso de un modo todavía más inquietante que antes.

Al salir del bosque se detuvo, sorprendido, ante la vista espléndida que se le ofrecía: un paisaje íntimamente aislado, de una plasticidad tranquila y grandiosa.

Por su lecho pedregoso y llano un torrente descendía por la vertiente de la derecha, deshaciéndose en espuma sobre unos bloques escalonados en marjales, y luego caía lentamente hacia el valle, pasando por debajo de un pequeño puente rústico de madera. El fondo del valle tenía el color azul de las campanillas, cuyas plantas con fruto abundaban. Enormes pinos y otros más pequeños aparecían aislados o agrupados en el fondo del barranco y en las vertientes y, uno de ellos, al borde del torrente, hundía en la roca sus raíces oblicuas, irguiéndose inclinado y extraño. En aquel lejano y bello paraje reinaba una soledad llena de rumores. Hans Castorp vio un banco al otro lado del torrente.

Franqueó el sendero, se sentó y se dispuso a contemplar el hermoso espectáculo del torrente, su espumoso descenso, escuchando aquel rumor idílico y uniforme, monótono pero lleno de variaciones. Hans Castorp amaba el murmullo del agua tanto como la música, quizá incluso más.

Pero apenas se sentó comenzó a sangrarle repentinamente la nariz, hasta el punto de que no pudo evitar que su traje se manchara. La hemorragia era violenta, persistente, y durante media hora tuvo que ir y venir sin cesar del banco al torrente para aclarar su pañuelo en el agua y tenderse de nuevo en el banco con el pañuelo húmedo en la nariz. Permaneció tendido hasta que la hemorragia se detuvo, con las manos cruzadas detrás de la cabeza, las rodillas dobladas, los ojos cerrados y los oídos llenos de rumores. No sentía un excesivo malestar, sino más bien tranquilidad producida por aquella abundante sangría, hallándose en un estado de vitalidad singularmente disminuida, pues, al respirar, tuvo la impresión de no necesitar hacerlo de nuevo y, con el cuerpo inmóvil, dejó que su corazón palpitase suavemente antes de aspirar de nuevo, tardía y perezosamente.

Se encontró de pronto transportado a un lejano estado del alma, que era la imagen original del sueño que había tenido unas noches atrás, modelado según sus impresiones más recientes. Pero quedó tan poderosamente extasiado, tan completamente transportado a ese pasado, que se hubiera dicho que un cuerpo inanimado yacía en el banco, junto al torrente, mientras que el verdadero Hans Castorp se hallaba de pie, muy lejos, en un tiempo y un espacio remotos, en una situación arriesgada y singularmente embriagadora a pesar de su sencillez…

Tenía trece años, era alumno de tercer curso, un muchacho de pantalón corto, y hablaba en el patio con otro chico de su misma edad, pero que pertenecía a otra clase. Era una conversación que Hans Castorp había entablado bastante arbitrariamente, pero a pesar de su forzosa brevedad —a causa de su objeto preciso y netamente delimitado—, le satisfacía. Tenía lugar durante el recreo, antes de la última clase, entre la de historia y la de dibujo para el curso de Hans Castorp. En el patio —embaldosado con ladrillos rojos y provisto de dos puertas—, los alumnos iban y venían en filas, se agrupaban de pie o se apoyaban medio sentados en los salientes estucados del edificio. Había un fuerte bullicio de voces. Un profesor, tocado con un sombrero blando, vigilaba mientras comía un bocadillo.

El colegial con el que Hans Castorp hablaba se apellidaba Hippe y su nombre era Pribislav. Curiosamente la «r» de ese nombre se pronunciaba como una «ch», había que decir «Pchibislav», y ese extraño nombre era muy adecuado al aspecto del colegial, que no se trataba de un tipo ordinario, sino más bien un tanto exótico. Hippe, hijo de un historiador y profesor del liceo y, por consiguiente, alumno modélico y adelantado en un curso a Hans Castorp, aunque casi de la misma edad, era natural de Mecklemburgo, y su persona constituía sin duda el producto de una antigua mezcla de razas, de una alianza de sangre germánica y wendo-eslava o de una combinación análoga. Obviamente era rubio (llevaba los cabellos cortados al rape en su cráneo redondo). Sus ojos gris o azul grisáceos —se trataba de un color un tanto indeterminado y equívoco— eran de una forma particular, estrecha y, vistos de cerca, incluso un poco oblicua, y bajo esos ojos se destacaban unos pómulos bien marcados. En su conjunto, poseía una fisonomía que no tenía nada de movible, que era simpática, pero que le había valido entre sus camaradas el apodo del Tártaro. Por otra parte, Hippe llevaba ya pantalón largo y una chaqueta azul abrochada hasta el cuello y muy ajustada a la espalda, en las solapas de la cual se percibían algunas motas de caspa.

Pero el hecho era que Hans Castorp había fijado su atención en ese Pribislav desde hacía tiempo; le había elegido entre la confusión de conocidos y desconocidos del patio del colegio; se interesaba por él, le seguía con la mirada y, ¿es preciso admitirlo?, le admiraba y lo consideraba con un interés especial. Ya cuando se dirigía a la escuela le gustaba observarle en sus relaciones con los compañeros de clase, verle hablar o reír y distinguir de lejos su voz, que era agradablemente velada y un poco ronca. Hay que admitir que no había razón suficiente para ese interés, exceptuando, tal vez aquel nombre pagano, aquella cualidad de alumno modélico, que en todo caso no significaba nada, o finalmente esos ojos de tártaro —ojos que, en ocasiones, cuando miraban oblicuamente sin fijarse en nada, se fundían en una especie de oscuridad velada—. No es menos cierto que Hans Castorp se preocupaba muy poco de justificar racionalmente sus sensaciones y de catalogarlas. Sin duda no podía hablar de amistad, puesto que ni siquiera «conocía» a Hippe. Pero en cualquier caso, nada obligaba a dar un nombre a esos sentimientos, ya que no pretendía plantear el tema y hablar de un asunto tan delicado. En segundo lugar, una palabra significa, si no una crítica, una definición, es decir, una clasificación en el orden de lo conocido y habitual, mientras que Hans Castorp estaba inconscientemente convencido de que un tesoro interior como aquél debía ser resguardado para siempre al abrigo de la definición y la clasificación.

Justificados o no, esos sentimientos tan alejados de una expresión y una comunicación de cualquier especie, eran de una vitalidad tal que Hans Castorp, desde hacía un año —en realidad, era imposible situar con exactitud su origen— los alimentaba en silencio, mostrando la fidelidad y constancia de su carácter —si se tiene en cuenta la cantidad formidable de tiempo que un año representa a esa edad.

Desgraciadamente, las palabras que designan un rasgo de carácter siempre tienen el alcance moral de un juicio, bien sea en forma de elogio, de censura o bajo ambos aspectos. La «fidelidad» de Hans Castorp, de la que no era particularmente consciente, consistía en juzgar sin emitir apreciación; en una cierta pesadez, lentitud y obstinación de sus pensamientos, en un espíritu conservador que le hacía ver las situaciones y circunstancias afectuosas de la vida tanto más dignas cuanto más consideradas y perpetuadas eran, cuanto más persistían en el tiempo.

De este modo se inclinaba a creer en la duración infinita del estado en el que él mismo se hallaba, estimándolo cada vez más y no sintiendo impaciencia alguna porque cambiase. Así pues, se había acostumbrado de todo corazón a esas relaciones discretas y distantes con Pribislav Hippe, manteniéndolas agarradas a su interior por un elemento durable de su existencia. Amaba las emociones que le provocaban sus encuentros, la tensión de si el otro pasaría cerca de él, si le miraría, las satisfacciones silenciosas y delicadas que le producía su secreto, e incluso las decepciones que se derivaban, la más grande de las cuales era que Pribislav «faltase a la clase», pues entonces el patio estaba vacío y el día quedaba privado de todo su sabor, aunque la esperanza persistía.

Eso duró un año, hasta el punto culminante de la aventura; luego duró otro año más gracias a la fidelidad conservadora de Hans Castorp, y más tarde cesó sin que se diera cuenta de la disolución y perdida de los lazos que le unían a Pribislav Hippe, al igual que no se había dado cuenta de su formación.

Debido a un traslado de su padre, Pribislav abandonó la escuela y la ciudad. Pero Hans Castorp apenas se enteró, pues ya lo había olvidado. Se puede decir que la imagen del Tártaro había aparecido imperceptiblemente en su existencia, envuelto en una tiniebla, que había ido adquiriendo cada vez más limpidez y relieve, hasta el instante de máxima proximidad y presencia corporal de cierto día en el patio; durante algún tiempo permaneció así en primer plano y luego, lentamente, se fue desvaneciendo sin la tristeza de las despedidas, sumiéndose de nuevo en la niebla.

Pero ese instante concreto, esa situación atrevida en que Hans Castorp se hallaba transportado, esa conversación, esa verdadera conversación con Pribislav Hippe, se produjo del siguiente modo:

Era la hora de la clase de dibujo y Hans Castorp se dio cuenta de que había olvidado el lápiz. Todos los compañeros tenían el suyo; pero ¿podía dirigirse a los alumnos de otras clases para pedir prestado un lápiz? De entre todos, Pribislav Hippe era al que conocía mejor, era de quien se preocupaba en silencio con más frecuencia. Así, alegre y decidido, resolvió aprovechar aquella ocasión —de tal forma lo definió como una «ocasión»— para pedir prestado un lápiz a Pribislav. No comprendía que era un poco extraño, pues no conocía a Hippe, o al menos no quiso pensarlo, cegado por una extraña audacia. Y de pronto, en el tumulto del patio embaldosado de ladrillos, se encontró realmente ante Pribislav Hippe y le dijo:

—Perdóname, ¿puedes prestarme un lápiz?

Pribislav lo miró con sus ojos de tártaro por encima de los pómulos salientes y habló con voz agradablemente ronca, sin extrañarse, o al menos sin parecer sorprendido.

—Con mucho gusto —dijo—. Pero es preciso que me lo devuelvas sin falta después de la clase.

Y sacó el lápiz del bolsillo; un lapicero plateado, con una anilla que había de correrse para que el lápiz barnizado de rojo saliese de su estuche de metal. Le explicó el sencillo mecanismo mientras sus dos cabezas se hallaban inclinadas.

—No lo rompas —añadió.

¿Qué insinuaba? Como si Hans Castorp tuviese la intención de no devolver el lápiz o romperlo.

Luego se miraron sonriendo y, como no había nada más que decir, se volvieron y se separaron.

Eso fue todo. Pero jamás en su vida Hans Castorp se sintió más alegre que durante la clase de dibujo, usando el lápiz de Pribislav Hippe, con la perspectiva de tener que devolverlo a su dueño, don en cierta manera suplementario que le era concedido. Se tomó la libertad de sacar punta al lápiz y conservó tres o cuatro de las virutas lacadas de rojo, que permanecieron durante casi todo un año en un cajón interior de su pupitre sin que nadie que las hubiera visto hubiese sospechado la importancia que tenían.

Por otra parte, la devolución se llevó a cabo de la forma más sencilla, lo que correspondía perfectamente al espíritu de Hans Castorp.

—¡Toma —dijo—, muchas gracias!

Pribislav no dijo nada, se limitó a verificar rápidamente el mecanismo y a guardar el lápiz en el bolsillo…

No volvieron a hablar. Pero al menos, gracias al espíritu emprendedor de Hans Castorp, habían hablado una vez…

Abrió los ojos turbados por la profundidad de su ausencia. «Creo que he soñado —pensó—. Sí, era Pribislav… Hacía mucho tiempo que no pensaba en él. ¿Dónde habrán ido a parar las virutas del lápiz? El pupitre está en el desván, en casa de mi tío Tienappel. Deben de estar todavía en el cajón interior, a la izquierda. No las saqué jamás. Nunca se me ocurrió tirarlas… Era Pribislav en carne y hueso, nunca hubiera creído que volvería a verle con tanta claridad. ¡Cómo se parecía a esa mujer del sanatorio! ¿Por eso me interesa tanto? ¿O es tal vez por eso por lo que me interesé por él? ¡Tonterías! ¡Unas hermosas tonterías! Ya es hora de que me marche, y lo antes posible.»

Sin embargo, permaneció un rato tendido, soñando y recordando. Luego se puso en pie.

—¡Adiós, pues, y mil gracias! —dijo, y sonrió con los ojos llenos de lágrimas.

Se dispuso a iniciar el camino de regreso, pero con el sombrero y el bastón en la mano, se sentó de nuevo rápidamente, pues se daba cuenta de que sus rodillas no le sostenían.

«¡Pero bueno! —pensó—. Me parece que esto no funciona. Sin embargo, a las once en punto debo estar en el comedor para la conferencia. Los paseos son aquí muy agradables, pero según parece, tienen también sus dificultades. De todos modos no puedo quedarme aquí. Lo que ocurre es que estoy un poco anquilosado por haber permanecido tendido. Si me muevo, mejoraré.»

Intentó de nuevo ponerse en pie y, gracias a un gran esfuerzo, lo consiguió.

Tras aquella partida orgullosa, el regreso fue lamentable. Varias veces tuvo que descansar al borde del camino cuando las palpitaciones irregulares de su corazón le cortaban el aliento. Sentía que su rostro palidecía y que un sudor frío le perlaba la frente. Tuvo que esforzarse para descender en zigzag, pero cuando en la proximidad del sanatorio llegó al valle, comprendió que no había manera de franquear por sus propios medios el largo trayecto hasta el Berghof y, como no había tranvías ni ningún coche de alquiler, rogó a un mecánico que conducía un camión lleno de cajas vacías que le dejase subir. Al lado del conductor, con las piernas colgando fuera del vehículo, obse

rvado por los transeúntes sorprendidos, balanceando y moviendo la cabeza por las sacudidas del vehículo, continuó su camino, bajó cerca del paso a nivel, pagó sin darse cuenta de si era mucho o poco, y subió presurosamente por el camino del sanatorio.

Dépechez-vous, Monsieur! —le dijo el portero francés—. La conférence de Monsieur Krokovski vient de commencer.

Dejando el bastón y el sombrero en el guardarropa, Hans Castorp entró con cierta precaución, con la lengua entre los dientes, por la puerta vidriera entreabierta del comedor, donde los huéspedes estaban sentados en sillas alineadas, mientras, a la derecha, el doctor Krokovski, de levita, detrás de una mesa cubierta con un mantel y provisto de una botella de agua, hablaba…

…"

--Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–