Capitulo Veintidos: Más alla del invierno
El invierno de Kil nunca desaparecía del todo. Incluso en los meses más cálidos, los habitantes de Farkan podían sentir en el aire esa memoria de frío que los había acompañado durante generaciones. Era parte de lo que eran. Pero para el año 1969, once años después de la coronación imperial, había algo diferente en la manera en que la gente de Exquema miraba el cielo. Ya no lo miraban como techo. Lo miraban como camino.
La unificación de todos los reinos bajo un solo gobierno había producido algo que ninguno de ellos habría podido generar por separado: una acumulación de conocimiento sin precedentes en la historia del planeta. Cada continente traía sus propias tradiciones científicas, sus propios métodos, sus propias soluciones a problemas que otros continentes ni siquiera habían identificado como problemas. Cuando esas tradiciones comenzaron a dialogar entre sí bajo el impulso del Imperio, el resultado fue una velocidad de avance que dejaba a sus propios protagonistas sin palabras. La vida civil se transformó primero.
Las ciudades de todos los continentes recibieron tecnología que hace veinte años habría parecido imposible. Las enfermedades que habían diezmado generaciones en los continentes más pobres comenzaron a retroceder. Las comunicaciones que antes tardaban semanas en cruzar el Gran Silencio ahora llegaban en horas. La gente de Excalibur, cuyo castillo había ardido hasta los cimientos una década atrás, vivía ahora mejor que cualquier generación anterior de ese reino en toda su historia.
Dante observaba todo eso con la misma atención con que había observado las tabernas de Faizus años atrás. Y seguía mirando hacia arriba.
La Operación Ascensión comenzó en silencio, lejos de los centros urbanos, en instalaciones que el Imperio construyó en zonas específicamente seleccionadas para no comprometer la habitabilidad del planeta. Dante y los reyes habían acordado desde el principio que la expansión no podía hacerse a costa de Kil, que sobre explotar el mundo que los había formado era exactamente el tipo de error que una civilización que presumía de inteligencia no podía permitirse. Los primeros cohetes alcanzaron la luna de Kil con la torpeza magnífica de las primeras veces.
La luna se llamaba Matha, nombre que los Fainianos le habían dado hace siglos, y durante toda la historia de Kil había sido simplemente la luz que guiaba a los navegantes nocturnos. Ahora era la primera frontera.
La base lunar Maxis tardó años en construirse y años más en convertirse en lo que Dante necesitaba que fuera: el punto de partida para todo lo que vendría después. Desde su superficie sin atmósfera, los ingenieros imperiales podían construir y lanzar naves de un tamaño imposible de lograr desde la superficie de Kil, aprovechando la ausencia de gravedad y la abundancia de minerales lunares que hacían más barato construir en el espacio que transportar desde abajo.
El primer crucero espacial del Imperio salió de Maxis en el año 1971. Lo llamaron Alas de Karkius, en honor a un poeta Fainiano cuyos relatos sobre las estrellas habían circulado en manuscritos durante siglos, copiados a mano por gente que nunca creyó que viviría para ver lo que describían. El nombre fue propuesta de un ingeniero de Burucia que había leído esos manuscritos de niño. Dante lo aprobó sin dudarlo.
Fotografía del C.E.I “Alas de Karkius” en su primer vuelo a Orbita
Con el Alas de Karkius nació también el Comando Espacial Imperial, el C.E.I., la institución que asumiría el control de todas las operaciones navales del Imperio más allá de la atmósfera de Kil. Dante pidió desde el primer día que la construcción de naves de exploración y naves de guerra avanzara en paralelo, no porque buscara conflicto sino porque entendía algo que su experiencia le había enseñado con claridad brutal. En algún lugar del cosmos, había fuerzas que surcaban las estrellas con poder comparable o superior al suyo.
Lo sabía porque él mismo venía de una de ellas. La Operación Luz del Mañana comenzó en 1972, cuando la capacidad productiva de Maxis alcanzó el límite que la base podía sostener. Una flota de cruceros partió hacia los otros seis planetas del sistema estelar de Kil, mundos que hasta entonces solo existían como puntos luminosos en los telescopios de los astrónomos. Ninguno albergaba vida inteligente. Todos albergaban minerales que el Imperio necesitaba para seguir creciendo. Para el año 1975 los seis planetas habían sido reclamados.
Cada uno recibió sus propias bases de operaciones y sus propias instalaciones mineras, construidas con el mismo cuidado con que se había construido Maxis, sin comprometer la estabilidad geológica de los mundos que les daban los recursos que necesitaban. El sistema entero fue renombrado en los registros imperiales como el Sistema de Ex, un gesto sencillo que decía algo sobre cómo el Imperio entendía su lugar en el cosmos. Este sistema es nuestro punto de partida. No nuestro destino.
Los minerales extraídos de esos seis mundos aceleraron todo. Las flotas mejoraron. Los sistemas de propulsión alcanzaron velocidades que los ingenieros de la primera generación del C.E.I. habían calculado como teóricamente posibles pero prácticamente inalcanzables en su generación. La calidad de vida en Kil siguió transformándose a una velocidad que algunos habitantes encontraban maravillosa y otros simplemente abrumadora, demasiados cambios en demasiado poco tiempo para gente cuyas abuelas habían vivido en un mundo donde cruzar el Gran Silencio era una hazaña. Dante los entendía a ambos. Pero no podía detenerse.
En el año 1977, el Imperio aprobó la Operación Mar del Cosmos, la más ambiciosa en la historia de Exquema. Una flota de exploración y conquista partiría más allá del Sistema de Ex, hacia el espacio interestelar, en busca de planetas habitables, recursos desconocidos y territorios que el Imperio pudiera reclamar antes de que alguien más lo hiciera. Dante encabezó la expedición personalmente.
No por protocolo sino porque había algo en ese momento que no podía delegar. La primera vez que Exquema miraba más allá de su propio sol era el momento en que todo lo que había construido desde aquella taberna fría en Faizus se convertía en otra cosa. Un reino que había sido una revolución. Un planeta que había sido una guerra. Un sistema solar que había sido una extensión. Y ahora, el cosmos.
Las naves del C.E.I. partieron de Maxis en formación, sus motores encendiendo el vacío con una luz que desde la superficie de Kil podía verse a simple vista como una nueva estrella moviéndose entre las fijas. En algún lugar al otro lado del universo, la República de los Dioses seguía su curso sin saber que alguien acababa de empezar a moverse en su dirección…
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