Análisis
Un asiento libre, en un rincón cercano a la puerta, atrajo felizmente su mirada. Se colocó con discreción y procuró fingir que se hallaba sentado allí desde el principio. El público, con la atención de los primeros minutos y suspendido de los labios del doctor Krokovski, no reparó en él. Era una circunstancia afortunada, pues ofrecía un aspecto espantoso. Su rostro estaba pálido como el lino y su vestido manchado de sangre, de modo que parecía un asesino que acabase de cometer un crimen. La dama que se hallaba sentada ante él volvió la cabeza y le miró con sus alargados ojos. Era madame Chauchat. La reconoció con una especie de irritación. ¡Otra vez! ¿Nunca le dejaría en paz? Había esperado poder sentarse tranquilamente y descansar un poco, y de pronto se hallaba una vez más cara a cara con aquella mujer. Esta casualidad tal vez hubiera sido agradable en otra circunstancia, pero cansado y agotado como estaba, ¿qué podía importarle? Su presencia suponía nuevas exigencias impuestas a su corazón y esto le tendría en vilo durante toda la conferencia. Ella le había mirado exactamente como el propio Pribislav, había observado su rostro y las manchas de su vestido con una insistencia bastante desconsiderada, como es de esperar en una mujer que daba portazos. ¡Qué mal se comportaba! No se parecía en nada a las mujeres que pertenecían al medio familiar de Hans Castorp, quien, con el cuerpo erguido, volvía la cabeza hacia su vecino de mesa, hablando con la punta de los labios. Madame Chauchat se dejaba caer sobre la silla; su espalda era redonda y dejaba pender los hombros hacia adelante; inclinaba la cabeza cada vez más, de manera que la vértebra de la nuca abultaba en el escote de la blusa blanca. Pribislav hubiese puesto la cabeza de la misma manera. Era sin duda un alumno modélico que se comportaba con honor y corrección (aunque ésta no fuese la razón por la que Hans Castorp le hubiese pedido prestado el lápiz), mientras que era evidente que el aspecto negligente de la Chauchat, su manera de dar portazos y la despreocupación de su mirada estaban en relación con su enfermedad; se permitía esas licencias deshonrosas, de las que el señor Albin se mofaba…
Los pensamientos de Hans Castorp se hicieron confusos mientras miraba la espalda indolente de madame Chauchat; de pronto cesaron de ser pensamientos y se convirtieron en una especie de ensueño, en el que la voz lánguida de barítono del doctor Krokovski pronunciaba las erres con una sonoridad apagada. Pero el silencio que reinaba en la sala, la atención que parecía tener todo el mundo, se apoderó de él y le despertó completamente de su ensueño confuso.
Miró alrededor… A su lado se hallaba sentado el pianista de cabellos ralos, con la cabeza hundida en la nuca, la boca entreabierta y los brazos cruzados, escuchando con atención. La institutriz, la señorita Engelhart, algo más lejos, tenía los ojos ávidos y manchas rojas en las mejillas, ardor que se encontraba también en los rostros de las otras damas. Hans Castorp pudo comprobarlo en el de la señora Salomon —sentada al lado del señor Albin—, y en el de la mujer del cervecero, madame Magnus, la que perdía albúmina. En el rostro de la señora Stoehr, un poco más atrás, se dibujaba una expresión de exaltación tan extravagante y estúpida que daba lástima, mientras que la señorita Levy, con su cutis de marfil y sin moverse, respiraba con un ritmo fuerte y regular, lo que hizo pensar a Hans Castorp en una figura femenina de cera que vio en un museo y que tenía un mecanismo en el interior del pecho.
Algunos huéspedes se llevaban la mano abombada a la oreja o iniciaban ese gesto, manteniendo la mano levantada a medio camino, como si se hubieran quedado paralizados por un exceso de atención. El procurador Paravant, un hombre moreno de apariencia robusta, se daba con el dedo índice golpecitos en la oreja para oír mejor y luego la dirigía de nuevo hacia la oleada de palabras del doctor Krokovski.
¿De qué hablaba el doctor Krokovski? ¿Qué pensamientos estaba desarrollando? Hans Castorp procuró concentrar su atención para coger el hilo, lo que no consiguió enseguida porque no había oído el principio y reflexionaba sobre la espalda indolente de madame Chauchat. Se trataba de la potencia del amor. ¡Naturalmente! El tema se sugería en el título general del ciclo de conferencias y, además, ¿de qué otra cosa hubiera podido hablar el doctor Krokovski, puesto que ésta era su especialidad? Era bastante extraño para Hans Castorp asistir de pronto a un curso sobre el amor, cuando no había oído hablar más que de temas como el mecanismo de las transmisiones de a bordo de los buques. ¿Cómo se las arreglaban para tratar en pleno día y por la mañana, ante damas y caballeros, un asunto tan espinoso y confidencial?
El doctor Krokovski utilizaba un lenguaje medio poético y medio doctoral, con una frialdad completamente científica pero al mismo tiempo con un tono vibrante y musical, que parecía un poco extraño al joven Hans Castorp, aunque ese tono pudiese ser la explicación de las ardientes mejillas de las damas y del interés de los caballeros.
En particular el orador empleaba la palabra «amor» en un sentido ligeramente variable, de manera que nunca se sabía del todo a qué se refería, si contenía un sentimiento piadoso o una pasión carnal, lo cual producía una especie de mareo. Nunca en su vida había oído Hans Castorp pronunciar esa palabra tantas veces seguidas como en aquel lugar y, cuando reflexionaba sobre ello, le parecía que él mismo jamás había pronunciado esa palabra, ni la había oído en una boca ajena. Podía encontrarse en un error. En cualquier caso, le pareció que la palabra no ganaba nada siendo tantas veces repetida. Por el contrario, esas dos sílabas acabaron por parecerle repugnantes, se hallaban asociadas a una imagen como de leche aguada, a algo blanco azulado, dulzón, sobre todo comparándolas con otras palabras empleadas por el doctor Krokovski. Era indudable que éste sabía decir cosas atrevidas sin que el público se marchara. Se limitaba a mencionar, con una especie de cadencia enervante, hechos generalmente conocidos pero comúnmente silenciados; destruía las ilusiones, rendía despiadadamente homenaje al conocimiento, sin dejar lugar a una fe sentimental en la dignidad de los cabellos blancos y en la pureza angélica de la tierna infancia.
Por otra parte, con la levita, llevaba su cuello de camisa blando y sus sandalias sobre calcetines grises, lo que daba una impresión de convicción e idealismo que no dejó de impresionar a Hans Castorp.
Apoyándose en citas de libros y folletos esparcidos sobre la mesa, en ejemplos y anécdotas, e incluso a veces recitando versos, el doctor Krokovski habló de formas aberrantes del amor, de variedades extrañas, lastimosas y lúgubres, de su naturaleza y su prepotencia. De todos los instintos naturales aseguraba que era el más vacilante y amenazado, inclinado fácilmente al extravío funesto y la perversión, y eso no tenía nada de extraño, pues ese poderoso impulso era muy complejo, de una naturaleza infinitamente compuesta y —por legítima que pareciera por lo general— constituida enteramente de perversiones.
Pero puesto que —continuó diciendo el doctor Krokovski—, no era aceptable la deducción del absurdo del todo a partir del absurdo de las partes, debía considerarse la legitimidad del conjunto, si no completamente, al menos en parte. Era una exigencia de la lógica y rogó a sus oyentes que pensaran en ello. Había resistencias morales y correctivos, instintos de conveniencia y orden —que casi podrían llamarse burgueses—, cuyos efectos compensadores y limitadores fundían las partes diferentes en un todo singular y útil; a pesar de todo, era un desarrollo frecuente y feliz, pero cuyo resultado (como el doctor Krokovski añadió desdeñosamente) no competía al médico ni al pensador.
Mas, en otro caso, ese desarrollo no podía ni debía tener éxito, y ¿quién podía decir —preguntó el doctor Krokovski— que no era precisamente ese el caso más elevado y noble en lo que se refiere al alma? En ese caso, una tensión excepcional, una pasión que superaba las ordinarias medidas burguesas, se oponían a esos dos grupos de fuerza: la necesidad del amor y los instintos adversos, entre los que había de nombrar particularmente el pudor y la repugnancia. Y llevada a los fondos del alma, esta lucha impedía el aislamiento, la estabilización y moralización de los instintos erróneos, conduciendo así a la armonía usual, a la vida amorosa y reglamentaria.
Ese combate entre las potencias de la castidad y el amor —pues se trataba de eso— ¿cómo terminaba? Aparentemente con la victoria de la castidad, del temor, de las conveniencias. La repugnancia pudibunda, un tembloroso deseo de pureza, reprimían el amor, manteniéndolo en las tinieblas, no dejando más que en parte penetrar esas reivindicaciones confusas en la conciencia y manifestarse por medio de actos. Pero esa victoria de la castidad no era más que aparente y pírrica, pues la potencia del amor era inviolable, el amor reprimido no podía morir, vivía, continuaba inclinándose en la profundidad de su secreto hacia su realización, rompiendo el círculo mágico de la castidad y reapareciendo, aunque bajo una forma transformada y difícil de reconocer.
—¿Bajo qué forma y qué máscara aparece al amor no admitido y reprimido? —preguntó el doctor Krokovski, y miró a lo largo de las filas del público como si esperase seriamente una respuesta de sus oyentes. Pero era una pregunta dirigida a sí mismo, como ya antes a sí mismo se había dicho tantas cosas. Nadie, excepto él, lo sabía; se le notaba en su expresión. Con sus ojos ardientes, su palidez de cera, su barba negra y sus sandalias de monje sobre calcetines grises, parecía simbolizar en su persona el combate entre la castidad y la pasión, de que había hablado. Al menos ésta era la impresión de Hans Castorp mientras que, como todo el mundo, esperaba con la mayor impaciencia enterarse bajo qué forma el amor reprimido reaparecía. Las mujeres apenas respiraban. El procurador Paravant meneó de nuevo su oreja para que, en el instante decisivo, estuviese abierta y dispuesta a recoger la respuesta.
Luego el doctor Krokovski dijo:
—Bajo la forma de la enfermedad. —El síntoma de la enfermedad era una actividad amorosa desvirtuada y toda enfermedad era el amor metamorfoseado.
Ahora ya se sabía, aunque no todos podían apreciarlo. Un suspiro recorrió la sala y el procurador Paravant movió la cabeza, con un aire aprobador, mientras que el doctor Krokovski continuaba desarrollando su tesis.
Por su parte, Hans Castorp bajaba la cabeza para reflexionar sobre lo que había oído y preguntarse si lo había comprendido. Pero como carecía de práctica en tales ejercicios mentales, y además estaba poco dispuesto a la reflexión a consecuencia de su paseo, su atención era fácil de distraer y se vio inmediatamente atraído por aquella espalda que estaba ante él, por el brazo que era su prolongación, elevándose y replegándose hacia atrás para sostener los cabellos trenzados ante la mirada de Hans Castorp.
Era deprimente tener esa mano tan cerca de los ojos, no podía evitar mirarla, observarla con todos sus defectos y particularidades humanas, como si fuera estudiada a través de una lupa. No, no tenía absolutamente nada de aristocrático esa mano rolliza de escolar, con las uñas cortadas de cualquier modo; tampoco se tenía la seguridad de que el exterior de los dedos estuviese limpio, y la piel, al lado de las uñas, parecía roída, de eso no cabía duda.
La boca de Hans Castorp se contrajo, pero sus ojos continuaron suspendidos de la mano de madame Chauchat, y por su mente pasó el vago recuerdo de lo que el doctor Krokovski había dicho sobre las reticencias burguesas que se oponen al amor… El brazo era más bello, estaba lánguidamente replegado detrás de la cabeza y parecía casi desnudo, pues la tela de la manga era más delgada que la de la blusa —una ligera gasa—, de manera que se mostraba radiantemente aureolado y quizá hubiera sido menos gracioso sin ese velo. Al mismo tiempo era delicado y fresco. En lo que a aquel brazo se refería, no podía haber ninguna especie de resistencia burguesa.
Hans Castorp soñaba con la mirada fija en el brazo de madame Chauchat. ¡Cómo se vestían las mujeres! Mostraban su nuca, su garganta y transfiguraban sus brazos por medio de una gasa transparente… Hacían eso en el mundo entero para excitar el deseo nostálgico de los hombres. «¡Dios mío, qué bella es la vida! —pensó—. Es bella gracias a cosas tan naturales como el hecho de que las mujeres se vistan de forma seductora, pues eso es sin duda muy natural, tan usual y generalmente admitido que uno se da cuenta que se tolera inconscientemente sin hacer mucho caso. Pero debería pensarse en eso —se dijo Hans Castorp— para encontrar verdadero placer a la vida y darse cuenta de que se trata de un hecho delicioso y, en el fondo, casi fabuloso. Se comprende que las mujeres tienen derecho a vestirse de una manera deliciosa y mágica con un fin determinado, sin faltar por eso a las reglas del decoro, ya que se trata de la próxima generación, de la reproducción de la especie humana. ¡Perfecto! Pero cuando la mujer está interiormente enferma, cuando no es en modo alguno apta para la maternidad, ¿qué ocurre entonces? ¿Tiene algún sentido que lleve mangas de gasa para despertar la curiosidad de su cuerpo a los hombres, de un cuerpo interiormente carcomido? No tiene ningún sentido, y debería ser poco estimado y hasta prohibido, pues interesarse por una mujer enferma es poco razonable para un hombre…»
Tan insensato como su interés silencioso por Pribislav Hippe. Se trataba de una comparación estúpida, un recuerdo más bien penoso. Pero había surgido en su espíritu sin que él hubiese intervenido ni lo hubiese reclamado. Por otra parte, sus reflexiones se vieron interrumpidas en este punto, principalmente porque su atención fue de nuevo atraída por el doctor Krokovski, que había elevado la voz de un modo impresionante. El doctor estaba allí, de pie, con los brazos abiertos y la cabeza inclinada oblicuamente, detrás de la mesa y, a pesar de su levita, se parecía un poco a Nuestro Señor Jesucristo en la cruz.
Fue evidente que el doctor Krokovski, al terminar la conferencia, hacía una propaganda activa a favor de la disección psíquica y que, con los brazos en cruz, invitaba a todo el mundo a ir a él. «Venid a mí —parecía decir—, todos los que estáis afligidos y cargados de penas.» Y no admitía duda alguna en lo que se refiere a la convicción de que todos, sin excepción, estuviesen bajo esta pesadumbre. Habló del mal oculto, del pudor y la pena, de los efectos liberadores del análisis, celebró la explotación y la iluminación del inconsciente, preconizó la transformación y la enfermedad en un sentimiento consciente, exhortó a la confianza y prometió la curación.
Luego dejó caer los brazos, alzó la cabeza, reunió los impresos de que se había servido durante la conferencia y, recogiendo todo aquello como si fuera un profesor, se alejó con la cabeza, tiesa y erguida, por el corredor.
Todos se pusieron de pie, empujando las sillas, y comenzaron a dirigirse lentamente hacia la misma salida por la que el doctor había abandonado la sala.
Parecían seguirle en un movimiento concéntrico, acudiendo a él desde todos los lados, involuntariamente, en una común atracción semejante al tumulto de las ratas tras el flautista de Hamelín.
Hans Castorp permaneció de pie en medio de aquella agitación, apoyando una mano en el respaldo de su silla.
«Aquí estoy sólo de visita —pensó—, estoy bien de salud, a Dios gracias, no formo parte de esto, y en la próxima conferencia ya no estaré aquí.»
Vio salir a madame Chauchat con su paso lento y la cabeza inclinada. «¿También se dejará disecar?», se preguntó, y el corazón comenzó a palpitarle… No se había dado cuenta de que Joachim se acercaba a él a través de las sillas y se estremeció nerviosamente cuando su primo le dirigió la palabra.
—Llegaste en el último momento —dijo Joachim—. ¿Fuiste muy lejos? ¿Cómo fue?
—¡Oh, muy bien! —respondió Hans Castorp—. Sí, fui bastante lejos. Pero debo confesar que no me ha sentado tan bien como esperaba. Era sin duda demasiado pronto o tal vez no debí hacerlo. Creo que, por ahora, no lo volveré a repetir.
Joachim no preguntó si la conferencia le había gustado y Hans Castorp no dio su opinión sobre este punto. Como por mutuo acuerdo no hicieron después la menor alusión a ella.
Dudas y reflexiones
Al llegar el martes, nuestro héroe llevaba ya una semana entre aquella gente de las alturas, y encontró por consiguiente en su habitación, al regresar de su paseo de la mañana, la factura de su primera semana, una factura de contabilidad cuidadosamente ejecutada, bajo un sobre verdoso con una cabecera ilustrada (el edificio del Berghof se hallaba representado bajo un aspecto seductor) y decorado en la parte superior izquierda con un extracto del prospecto compuesto en una estrecha columna de pequeños caracteres, donde «el tratamiento psíquico según los principios más modernos» era particularmente mencionado en negritas.
En lo que se refiere a lo escrito, se consignaba exactamente un total de 180 francos, de ellos 12 diarios por pensión y los cuidados médicos y 8 por la habitación; además, se incluía una suma de 20 francos por el «impuesto de entrada» y 10 francos por la desinfección de la habitación; otros gastos menores, como la ropa, la cerveza y el vino bebido en las comidas, redondeaban la suma.
Hans Castorp no encontró nada que rectificar cuando examinó la factura con Joachim.
—Es cierto —dijo— que no hago uso de los cuidados médicos, pero eso no es cosa mía; están incluidos en el precio de la pensión y no puedo exigir que se me deduzcan. Sería imposible. En cuanto a la desinfección, no creo que hayan gastado 10 francos de H4CO2 en fumigaciones contra el contagio de la americana. En suma, debo reconocer que es más barato que caro, en consideración a lo que ofrecen.
Antes del segundo almuerzo, fueron juntos a la «administración» para pagar la factura.
La «administración» se encontraba en el entresuelo. Cuando, después del vestíbulo, se seguía el pasillo pasando al lado del ropero, las cocinas y las despensas, era inevitable encontrar la puerta, ya que ésta tenía un letrero de porcelana. Con gran interés Hans Castorp trabó conocimiento con el centro comercial de la empresa.
Era, en efecto, una verdadera oficina, aunque pequeña. Una mecanógrafa estaba escribiendo y tres secretarios se hallaban inclinados sobre sus escritorios, mientras que, en la habitación de al lado, un señor con el aspecto distinguido de ser jefe o director trabajaba sentado ante una mesa americana, lanzando por encima de los cristales de sus lentes una mirada fría sobre los clientes para inspeccionarlos escrupulosamente.
Mientras se les despachaba y se les entregaba el cambio de un billete guardaron una actitud severa y modesta, silenciosa, una actitud de subditos dóciles, como conviene a dos jóvenes alemanes que demuestran en toda oficina y en todo local de servicio el respeto debido a la autoridad.
Pero cuando estuvieron fuera, al dirigirse al comedor y durante el día, hablaron de la organización del Instituto Berghof, y fue Joachim quien, en su calidad de residente informado, contestó a las preguntas de su primo.
El consejero áulico Behrens no era el propietario ni el arrendatario del establecimiento, aunque a primera vista pudiera dar esa impresión. Por encima de él y detrás de él había poderes invisibles, que precisamente sólo se manifestaban bajo la forma de una oficina. Era un consejo de administración, una sociedad por acciones a la que se podía pertenecer con gusto, pues, según lo que manifestaba Joachim, a pesar de los sueldos elevados de los médicos y los principios de una gestión muy liberal, la sociedad distribuía cada año a sus miembros un dividendo muy apreciable.
El médico jefe no era, por tanto, un hombre independiente, no era más que un agente, un funcionario, un aliado de las fuerzas superiores, el primero y mejor situado; era el alma del establecimiento que ejercía una influencia decisiva sobre toda la organización, sin excluir la intendencia, aunque como médico director estaba naturalmente exento de toda actividad referente a la parte comercial de la empresa. Procedente del noroeste de Alemania, se sabía que ocupaba desde hacía años aquella carga contra su voluntad y plan de vida; fue llevado allí por su mujer, de la que el cementerio del pueblo había recogido desde hacía tiempo los restos —ese cementerio pintoresco de Davos-Dorf situado en la vertiente de la derecha, a la entrada del valle—. Había sido una mujer encantadora, aunque asténica, a juzgar por las fotografías que se encontraban por todas partes en las habitaciones del médico jefe, y según las pinturas debidas a su propio pincel de aficionado que se hallaban colgadas en las paredes. Tras dar a luz un varón y una hembra, su cuerpo ligero y consumido por la fiebre fue transportado a estas regiones, y en pocos meses acabó de languidecer y consumirse. Se decía que Behrens, que la adoraba, había sufrido un golpe tan rudo que por algún tiempo se sintió poseído de melancolía e hizo extravagancias, y que en la calle llamaba la atención por sus risas ahogadas, sus gesticulaciones y sus monólogos. Luego no volvió a su medio originario, se quedó aquí, quizá porque no quiso alejarse de la tumba de su mujer, aunque la razón determinante se debió a un motivo menos sentimental: él mismo se vio atacado por la enfermedad y, según su propia opinión científica, su lugar estaba en esta región. Por eso se instaló como uno de esos médicos que son compañeros de sufrimientos de los que necesitan sus cuidados, que no combaten la enfermedad escapando a su influencia con total independencia y libertad, sino que ellos mismos la soportan, lo que sin duda tiene sus ventajas e inconvenientes.
La camaradería del médico y el enfermo debe ser elogiada, y se puede admitir que únicamente el que sufre puede ser el guía y salvador de los que también sufren. ¿Pero se puede concebir un verdadero dominio espiritual sobre un poder por alguien que se cuenta entre sus esclavos? El que está esclavizado, ¿puede proporcionar la liberación?
El médico enfermo es una paradoja, un fenómeno problemático para el sentimiento simple. Su conocimiento científico de la enfermedad, ¿no se ve más bien turbado y confundido por la experiencia personal, que enriquecido y moralmente fortificado? No mira al enfermo cara a cara con la mirada franca del adversario, se ve cohibido, no puede tomar claramente una decisión y, con todas las precauciones convenientes, es lícito preguntarse si quien forma parte del universo de los enfermos puede interesarse por la curación o simplemente por la conservación de los demás en la misma medida y grado que un hombre sano.
Hans Castorp manifestó parte de estas dudas y reflexiones mientras hablaba con Joachim sobre el Berghof y su médico jefe, pero Joachim dijo que no sabía si el doctor Behrens estaba aún enfermo. Quizá llevaba años curado…
Hacía mucho tiempo que había comenzado a ejercer, primero de un modo particular, pero pronto había adquirido fama de auscultador de oído extraordinariamente fino y de neumotomo muy seguro. El Berghof se había procurado sus servicios y su nombre se hallaba unido estrechamente desde hacía años al establecimiento.
Su habitación se hallaba situada al extremo del ala noroeste del sanatorio (el doctor Krokovski habitaba no lejos de allí), y aquella dama de antigua nobleza, la enfermera mayor de la que Settembrini había hablado de un modo tan sarcástico, y que Hans Castorp no había visto más que fugazmente, se encargaba de llevar su pequeña casa de viudo.
Por lo demás, el médico jefe estaba solo, pues su hijo estudiaba en las universidades alemanas y su hija se había casado con un abogado establecido en la Suiza francesa. El joven Behrens iba a veces durante las vacaciones, lo que había ocurrido ya una vez desde que Joachim permanecía allí, y éste aseguraba que las damas del sanatorio se mostraban agitadas, que las temperaturas subían, que se producían celos, disputas y querellas en las salas de reposo y que la consulta especial del doctor Krokovski se veía más frecuentada…
Al médico asistente le había sido concedida para sus ocupaciones particulares una sala especial, que estaba situada —como la gran sala de consulta, el laboratorio, la sala de operaciones y el servicio de radiografía— en el subsuelo bien iluminado del sanatorio. Hablamos de subsuelo porque la escalera de piedra que conducía allí desde el entresuelo daba, en efecto, la impresión de que se descendía a una especie de sótano, lo que no era más que una ilusión, pues el entresuelo estaba situado a bastante altura y, además, el Berghof había sido construido en la falda de la montaña, en un terreno en declive, y las habitaciones que componían este «sótano» se abrían al jardín y al valle. Estas circunstancias contradecían y compensaban, en cierto modo, el efecto y el sentido de la escalera, ya que se creía descender por ella bajo el nivel del suelo, pero en realidad, una vez allí, se encontraba uno al nivel de la tierra o, como mucho, a dos palmos de profundidad. Esta impresión divirtió a Hans Castorp cuando, una tarde que su primo quiso hacerse pasar por el masajista, le acompañó a esa esfera «subterránea». Había allí una claridad y limpieza clínicas; todo era blanco y las puertas esmaltadas, entre ellas la de la sala de consultas del doctor Krokovski, en la que la tarjeta de visita del sabio había sido fijada por medio de chinchetas y hacia la cual conducían dos escalones desde el pasillo, de modo que la habitación adquiría el aspecto de una celda. Esta puerta estaba situada a la derecha de la escalera y al extremo del pasillo, y Hans Castorp la observó particularmente mientras, esperando a Joachim, iba y venía por el corredor.
Vio salir a alguien, una dama que había llegado recientemente y cuyo nombre aún no conocía, una mujer pequeña y grácil, con una cinta en la frente y pendientes de oro. Se inclinó al subir los escalones y recogió su falda, mientras que con su mano llena de sortijas apretaba el pañuelo contra su boca y miraba hacia el vacío con ojos pálidos y extraviados. Dando unos pasos muy cortos se aproximó a la escalera, se detuvo de pronto como si acabara de acordarse de algo importante, echó de nuevo a andar y desapareció luego sin retirar el pañuelo de sus labios. Cuando la puerta se abrió, Hans Castorp advirtió que allí había mucha más oscuridad que en el corredor blanco; la luminosidad de éste no se extendía aparentemente hasta allí. Una semiclaridad velada, un profundo crepúsculo, reinaban en el gabinete de análisis del doctor Krokovski, como observó Hans Castorp.
Conversaciones de mesa
Durante las comidas en el comedor bullicioso, el joven Hans Castorp se sentía un poco turbado por el hecho de que, desde el paseo que había realizado por iniciativa propia, le había quedado el temblor de cabeza de su abuelo —precisamente, se le manifestaba casi con regularidad en la mesa, y no había forma de impedirlo y era difícil disimularlo. Además del recurso consistente en apoyar su barbilla en el cuello, lo que no podía prolongarse mucho, encontró algunos medios de disfrazar su debilidad; por ejemplo, procuraba mover la cabeza al hablar, tanto a derecha como a izquierda; o bien, cuando se llevaba la cuchara a la boca, apoyaba la cabeza en la mano, aunque considerase esa actitud una verdadera grosería y no pudiese admitirse más que en una reunión de enfermos liberados de las conveniencias.
Todo eso le resultaba penoso y casi lamentaba que llegara la hora de las comidas que, por otra parte, él apreciaba tanto a causa de las incidencias y las curiosidades interiores que provocaban.
Pero el hecho —y Hans Castorp no lo ignoraba— de que el fenómeno reprensible contra el que luchaba no era de origen simplemente físico, no podía ser sólo explicado por el aire de las montañas ni por sus dificultades de aclimatación, sino por su agitación interior, y provenía directamente de esas tensiones y curiosidades que implicaban.
La señora Chauchat llegaba casi siempre con retraso a la mesa y, hasta que no lo hacía, Hans Castorp no podía dejar de mover los pies, pues esperaba el estrépito de la puerta vidriera que acompañaba inevitablemente a su entrada, y sabía que se sobresaltaría y que sentiría que su rostro se helaba, como en efecto le ocurría.
Al principio volvía cada vez la cabeza con irritación, acompañando a la negligente dama con mirada furiosa hasta la mesa de los rusos distinguidos; incluso había murmurado entre dientes alguna que otra invectiva, alguna exclamación de desagrado y despecho. Pero ya no hacía nada de eso; por el contrario, inclinaba la cabeza sobre el plato y se mordía los labios o, con un movimiento brusco, se volvía hacia el otro lado, pues le parecía que no tenía derecho a encolerizarse; no se sentía lo bastante libre como para censurar, se consideraba más bien una especie de cómplice de aquella conducta y en parte responsable ante los demás, en una palabra, sentía vergüenza y hubiese sido inexacto afirmar que la sentía por madame Chauchat, ya que era una cuestión personal; sentía vergüenza ante los demás, de lo cual, por otra parte, hubiera podido prescindir completamente, pues nadie en la sala se preocupaba ni de los portazos de madame Chauchat ni de la vergüenza de Hans Castorp, a excepción tal vez de la institutriz, la señorita Engelhart, sentada a su derecha.
Ese ser miserable había comprendido que, gracias a la susceptibilidad de Hans Castorp respecto a las puertas cerradas con estrépito, se había establecido una cierta relación afectiva entre su joven vecino de mesa y la rusa, y el carácter de esa relación afectiva y la indiferencia fingida de Hans Castorp —no estaba acostumbrada a fingir— no significaba un debilitación, sino más bien un fortalecimiento, una fase más avanzada de esa relación. Sin pretensiones ni esperanzas para su propia persona, la señorita Engelhart prodigaba palabras que expresaban una admiración desinteresada hacia la señora Chauchat, y lo extraño era que Hans Castorp descubrió y reconoció a la larga el objetivo de esas excitaciones; incluso le repugnaba, a pesar de lo cual se dejaba influir y seducir por ellas.
—¡Patatrás! —exclamaba la vieja señorita—. ¡Ya está aquí! No hay necesidad de alzar los ojos para convencerse; ha entrado. Naturalmente, es ella… ¡Y qué delicioso modo de andar! Parece una gata que se cuela hacia el plato de leche. Me gustaría que cambiásemos de sitio para que pudiese contemplarla tan cómodamente como yo. Comprendo que no puede volver la cabeza continuamente hacia ella, pues Dios sabe lo que acabaría por imaginar si se diera cuenta… Ahora saluda a su gente… Tendría que verlo, ¡es tan exquisito contemplarla! Cuando sonríe y habla, como en este momento, aparece un hoyuelo en su mejilla, pero no siempre, sólo cuando ella quiere. Sí, es una niña mimada, por eso es tan despreocupada. Uno se siente obligado a amar a estas personas contra su voluntad, pues, cuando nos enojan a causa de su abandono, la misma cólera es un motivo más que nos une a ellas, es una gran felicidad encolerizarse y verse obligado a amar, a pesar de todo…
Así murmuraba la institutriz, tapándose la boca con la mano sin que los otros la pudiesen oír, mientras que el rosa aterciopelado de sus mejillas recordaba la temperatura anormal de su cuerpo, y aquellas palabras incitantes penetraban al pobre Hans Castorp hasta su sangre y su médula. Cierta falta de independencia determinaba en él la necesidad de oír confirmar, por un tercero, que madame Chauchat era una mujer deliciosa. Además, el joven deseaba recibir, de alguien ajeno a él, alientos para entregarse a sentimientos a los que su razón y su conciencia oponían una resistencia desagradable.
Por otra parte, esas observaciones fueron poco fecundas e imprecisas, pues, a pesar de tener la mejor intención del mundo, la señorita Engelhart no sabía concretamente nada respecto a madame Chauchat; en todo caso, sabía lo mismo que los demás pacientes del sanatorio. No la conocía, no podía ni siquiera decir que tuviese con ella una relación superficial, y la única cosa que le otorgaba alguna ventaja a los ojos de Hans Castorp, era el hecho de ser natural de Königsberg —un lugar bastante cercano a la frontera rusa—, y de conocer algunas palabras rusas, méritos bastante insignificantes, pero que Hans Castorp estaba dispuesto a considerar como una relación lejana con madame Chauchat.
—No lleva sortija —apuntó él—, no lleva alianza, según veo. ¿Por qué? ¿No ha dicho usted que está casada?
La institutriz pareció incomodarse, como si la hubiesen metido en un callejón sin salida, y tan responsable se sentía de madame Chauchat respecto a Hans Castorp, que dijo como excusándose:
—No debe darle mucha importancia. Sé de buena tinta que está casada. No hay duda sobre eso. Si se hace llamar señora no es para gozar de una consideración mayor, como hacen ciertas señoritas extranjeras cuando alcanzan la madurez. Todos sabemos positivamente que su marido está en alguna parte de Rusia. Todos lo saben… Tiene, por otro lado, su nombre de soltera, un nombre ruso, no francés, terminado en «anof» o en «ukof», la verdad es que lo he olvidado. Si quiere me informaré, seguramente hay aquí muchas personas que lo saben. ¿Una sortija…? No, no la lleva, ya me había llamado la atención. Tal vez no le guste, tal vez considere que le ensanchan la mano, tal vez opina que llevar una alianza resulta demasiado burguesa. A uno de esos anillos sólo le faltan las llaves; no, ella es lo bastante despreocupada… Sé que las mujeres rusas tienen una manera especial de ser. Además, esa clase de anillos tiene algo de repulsivo, ¿no constituyen acaso un símbolo de sujeción? ¡Dan a las mujeres un carácter casi monjil, hacen de ellas unas santas hipócritas! No me extraña que ese anillo no convenga a madame Chauchat. Una mujer tan encantadora, en la flor de la vida…, sin duda opina que no hay razón ni motivo para ofrecer a los hombres la impresión de los lazos conyugales cuando les dé la mano…
¡Con qué ardor defendía la institutriz la causa de madame Chauchat! Hans Castorp la miró asustado a la cara, pero ella sostuvo su mirada contemplándole con una especie de azoramiento hosco. Luego los dos permanecieron en silencio un momento para tranquilizarse. Hans Castorp comía y reprimía el temblor de su cabeza. Finalmente dijo:
—¿Y el marido? ¿No se preocupa de ella? ¿Nunca viene a verla? ¿Qué hace?
—Es funcionario, funcionario de la administración rusa en un distrito perdido, el Daguestán, al este, más allá del Cáucaso. Está allí destinado. No, nunca le ha visto nadie por aquí, a pesar de que ella lleva ya tres meses con nosotros.
—¿No es la primera vez que está aquí?
—¡Oh, no! Es la tercera. Y en los intervalos frecuenta otros lugares como éste. En realidad, es ella quien va a visitar al marido una vez al año, sólo por algún tiempo. Se puede decir que viven separados y que ella le visita de vez en cuando.
—Bueno, si está enferma…
—Sin duda está enferma. Pero a pesar de todo, no hasta ese punto, no tan gravemente para que se vea obligada a vivir siempre en sanatorios y separada de su marido. Deben de existir otras causas. Aquí se tiene la creencia de que hay otras razones. Tal vez no le gusta el Daguestán, más allá del Cáucaso, en una comarca salvaje y lejana; eso, después de todo, no tiene nada de sorprendente. Pero también hay que reconocer que el marido es responsable de que ella no se encuentre muy bien a su lado. Su nombre es francés, pero es funcionario ruso, y créame, los funcionarios rusos constituyen una clase bastante grosera. Una vez vi uno; llevaba una barba gris y tenía la cara roja… Son, además, corruptibles hasta el extremo y muy aficionados al vodka, ¿sabe?, esa especie de aguardiente… Para cubrir las apariencias se hacen servir algo de comer, setas en conserva o un trozo de bacalao, y lo acompañan con cantidades formidables de alcohol. A esto le llaman una colación…
—Le atribuye todos los defectos —dijo Hans Castorp—. No sabemos a ciencia cierta si ella tiene parte de culpa de que no vivan juntos. Hay que ser justos. Cuando la contemplo y pienso en su costumbre de dar portazos… no me parece precisamente una santa. No se moleste, se lo ruego, pero no lo soportaría… Usted no es imparcial, está llena de prejuicios a su favor…
Él solía hablar así. Respecto a la rusa alejada de su ambiente, fingía creer que el entusiasmo de la señorita Engelhart por madame Chauchat carecía de fundamento, como si fuese una cómica visión personal respecto a la cual, el independiente Hans Castorp pudiese zaherir a la dama guardando una distancia fría y humorista. Y como estaba seguro de que su cómplice admitía y toleraba esa impertinente desfiguración de la realidad, se arriesgaba a hacerlo.
—Buenos días, señorita —decía—. ¿Ha pasado buena noche? Supongo que habrá soñado con su bella Minka… ¿Por qué se ruboriza usted cuando la nombro? ¡Está completamente loca por ella, no lo niegue!
Y la institutriz, ruborizada, se inclinaba sobre su taza balbuceando tímidamente:
—Nada de eso, señor Castorp, no está bien que me incomode con sus alusiones. Todo el mundo se dará cuenta de que hablamos de ella y que usted dice cosas que me hacen ruborizar.
Los dos vecinos de mesa se entregaban a un juego extraño. Ambos sabían que mentían por triplicado, que Hans Castorp la incordiaba sólo para poder hablar de madame Chauchat y que encontraba al mismo tiempo un placer malsano e indirecto al charlar con la solterona, quien, por su parte, también se complacía en ello; en primer lugar por instinto de mediadora, para complacer al joven que, en realidad, estaba un poco encaprichado con madame Chauchat, y finalmente porque sentía una especie de placer con las alusiones y el rubor.
Los dos lo sabían, y también sabían que cada uno lo sabía por sí mismo y por el otro, y todo ello era malsano y sucio. A pesar de que Hans Castorp sentía repugnancia por las cosas tortuosas y sucias, a pesar de que en este caso así lo percibía, continuaba sin embargo chapoteando en ese elemento turbio, tranquilizándose con el pensamiento de que no se hallaba allí más que de visita y que pronto se marcharía. Con una indiferencia fingida, hablaba del físico de la mujer «displicente», comprobaba que, vista de frente, parecía mucho más hermosa y joven que de perfil, que sus ojos estaban demasiado separados y que su manera de vestir dejaba bastante que desear, mientras que sus brazos eran en verdad bellos. Y al hablar, se esforzaba en disimular el temblor de su cabeza y comprobaba al mismo tiempo que la institutriz no sólo se daba cuenta de sus esfuerzos inútiles, sino que también, y esto lo veía con la mayor repugnancia, tenía la cabeza temblorosa.
Por política y una malicia contraria a su naturaleza, había llamado a madame Chauchat «bella Minka», y de este modo continuaba interrogando:
—He dicho «Minka», pero ¿cómo se llama en realidad? Usted está encaprichada con ella, así pues, debe de conocer su nombre…
La institutriz adoptó un aire reflexivo.
—No lo sé, espere —dijo— . ¿No se llama Tatania…? No, no es así; tampoco es Natacha. ¿Natacha Chauchat…? No, no, no es lo que oí. Veamos… Advotia, se llama Advotia. O algo parecido. Seguro que no se llama Katienka ni Ninotchka… Pero no me acuerdo. Puedo enterarme fácilmente, si le interesa.
Y, en efecto, al día siguiente sabía el nombre. Lo pronunció a la hora del almuerzo, cuando se cerró la puerta vidriera. Madame Chauchat se llamaba Clawdia.
Hans Castorp no lo entendió al instante. Se hizo repetir y deletrear el nombre. Luego lo repitió varias veces mirando hacia madame Chauchat con sus ojos enrojecidos como comprobando si le sentaba bien.
—Clawdia —dijo—. Sí, sí, verdaderamente se llama así. No puede ser de otra manera…
Y no disimuló el placer que por ese informe de carácter íntimo, y desde entonces sólo hablaba de «Clawdia» cuando pensaba en madame Chauchat.
—Me parece que su Clawdia hace bolitas de pan. Eso no es muy distinguido, ¿no cree?
—Depende de quien lo hace —contestó la institutriz—; en Clawdia está muy bien.
Sin duda el almuerzo en la sala de las siete mesas tenía un gran encanto para Hans Castorp. Lamentaba que terminase, pero se consolaba pensando que dentro de dos horas estaría de nuevo sentado en el mismo lugar y, cuando se veía de nuevo allí, era como si nunca se hubiera movido. ¿Qué ocurría en el intervalo? ¡Nada! Un corto paseo hasta la cascada o hasta el barrio inglés, y un breve reposo en la chaise-longue. No era una interrupción grave, no era un obstáculo que valiese la pena para que se le tuviera en cuenta.
Habría sido diferente si se hubiera interpuesto el trabajo, las preocupaciones o las penas, cosas que no son fáciles de apartar del pensamiento. Pero no había nada de eso en la vida inteligente y felizmente organizada del Berghof. Cuando se levantaba de la mesa, Hans Castorp podía ya alegrarse de la próxima comida —si la palabra «alegrarse» designaba exactamente esa especie de espera en la que vivía antes de su nuevo encuentro con la paciente Clawdia Chauchat—. Quizá era una palabra demasiado ligera, demasiado alegre, sencilla y vulgar.
Es posible que el lector se incline a no juzgar apropiadas a la persona de Hans Castorp y a su vida interior tales expresiones alegres y ordinarias, pero recordamos que, como joven juicioso y consciente, no podía simplemente «alegrarse» con la vista y la mera proximidad de madame Chauchat. Con seguridad, si se le hubieran formulado esas expresiones, las habría rechazado encogiéndose de hombros.
Sí, sentía desprecio hacia ciertas formas de expresión, y éste es un detalle que merece ser anotado. Iba y venía con las mejillas ardorosas y cantaba, cantaba para sí mismo, pues su estado anímico era musical y sensitivo. Canturreaba una canción que había oído Dios sabe dónde, en una velada o quizá en un concierto de beneficencia, cantada por una débil voz de soprano, y que había encontrado en el fondo de su memoria; era una tierna vulgaridad que comenzaba:
Una sola palabra suya
obra en mí mágicas emociones…
y estaba a punto de añadir:
que viniendo de sus labios
penetra en mi corazón…
cuando de pronto se encogió de hombros y exclamó: «¡Esto es ridículo!», y condenó esa vulgar cancioncilla por su sensiblería ingenua; la rechazó con una severidad llena de melancolía. Semejante sonsonete podía complacer a cualquier mancebo que hubiese «dado su corazón», como se acostumbraba decir, con noble intención y agradables perspectivas de porvenir, a cualquier damisela sana del llano, abandonándose a sentimientos líricos, razonables y, en el fondo, alegres.
Pero para él y sus relaciones con madame Chauchat —la palabra «relaciones» es suya y nosotros declinamos toda responsabilidad—, no podía existir relación alguna entre todo eso y una melodía de aquel género. Reclinado en su silla, se sentía dispuesto a la crítica estética y a pronunciar la palabra «estupidez», pero se contuvo algo desconcertado, a pesar de que por el momento no encontraba nada más apropiado que decir. Había algo que le proporcionaba gran satisfacción cuando se hallaba echado: escuchar atentamente su corazón, que latía rápida y distintamente en el silencio que prescribía la casa y que reinaba durante la principal cura de reposo en todo el Berghof. Latía obstinada e indiscretamente, como ocurría casi siempre desde que había llegado, aunque Hans Castorp no hacía tanto caso ahora como en los primeros días. Ya no se podía decir que latía independientemente, sin razón ni relación alguna con el alma. Esa relación existía, o al menos podía ser fácilmente constatada. La actividad exaltada del cuerpo podía justificarse por un estado anímico correspondiente.
Hans Castorp sólo necesitaba pensar en madame Chauchat —y pensaba en ella— para obtener el sentimiento que correspondía al latir de su corazón…
…"
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