Marcos y Ernesto se incorporaron a la fila de candidatos y enfermeros/instructores que caminaban a lo largo del pasillo, nueve voluntarios en total. Fueron llevados a un grupo de vehículos blindados; cada voluntario abordó el suyo, los enfermeros se quedaron fuera; solo les acompañaba un soldado con la cara cubierta por un pasamontañas. Las puertas de los vehículos se cerraron. No había ventanas, ni nada que ver o hacer; Marcos se aburría.

—¿Será un viaje muy largo?

—No lo sé —contestó el soldado.

Volvió a reinar el silencio durante un rato.

—¿Qué vamos a hacer hoy?

—No lo sé.

—Vaya. Una conversación muy productiva.

El soldado guardó silencio. Tras un paseo de lo que podrían ser un par de horas, el vehículo se detuvo y le ordenaron bajar. Era la primera vez en casi cinco días que veía la luz del sol.

—Soy el sargento Bertoni. Estaré a cargo de entrenar la división española los próximos días. Pónganse el uniforme y recojan su equipo. Las armas son modelos de originales, pero el peso ha sido aumentado para que se asemejen más a sus futuras armas. Muévanse.

El militar les daba instrucciones. Marcos y los demás obedecieron las órdenes. Cada paquete de equipo tenía el nombre del voluntario correspondiente: un uniforme que incluía pantalones, cinturón, un chaleco cargado de munición de imitación y botas. Una mochila muy pesada; un cuchillo enorme, pesado y de hoja gruesa completaba el material. El modelo de arma asignado era la copia de un rifle de asalto que Marcos no había visto nunca.

—Andando. Muevan el culo.

Los voluntarios se formaron en una línea con el equipo a cuestas. Incluso con su físico superior, les era incómodo mover tanto peso.

—¿Incómodo, verdad? Llevan encima más de cien kilogramos de peso extra. Pero la diversión apenas empieza.

El sargento señaló un recorrido de obstáculos. Paredes de más de tres metros de alto, pozos de barro, tuberías de varios metros de largo inundadas, colgaderas, una piscina enorme llena de agua sucia.

—Para no perder el tiempo, les recuerdo que ya no son personas normales. Saltar una pared de tres metros es un chiste para un superhombre. Aguantar la respiración diez minutos también. Ese es el objetivo de este ejercicio: que aprendan que ya no tienen las limitaciones de un ser humano normal. ¡En marcha!

Siguiendo la orden, los voluntarios se lanzaron a la carrera por el recorrido. El primer obstáculo consistía en saltar de una plataforma a otra; la distancia inicial era de un metro, pero con cada salto la siguiente plataforma estaba más lejos. Tras cuatro saltos, había más de cinco metros de distancia. Pero para sorpresa de Marcos y los voluntarios, lograron saltarlas a pesar del peso.

—¡Más rápido! ¡Vais más lento que el escuadrón francés!

El sargento les gritaba de vez en cuando. Las tuberías fueron un suplicio, pero continuaron avanzando a través del túnel oscuro hasta salir al otro extremo; que salieran a la piscina solo empeoró las cosas. Tanto Marcos como los demás se hundieron en el agua y a los pocos segundos solo se les ocurrió saltar para buscar aire. No importaba qué tan fuertes fueran e intentaran nadar. El peso del equipo los hundía.

—Eso fue patético. No son hombres normales, todas esas limitaciones están en sus cabezas. No necesitan respirar tanto —repetía el sargento, aunque sus palabras no tuvieron ningún éxito.

Marcos estaba de rodillas al borde de la piscina, tosiendo con asco aquella agua sucia que había tragado más de una vez.

—Un poco de agua sucia no te va a matar, soldado. ¡Muévanse!

El salto de la pared de tres metros fue otra barrera psicológica. Pero tras varios intentos, todos lograron saltarla sin dificultad.

—Más rápido, más rápido.

Colgaderas, escaleras y, por último, una carrera de velocidad. Al llegar al final, se desplomaron en el suelo jadeando.

—¿Quién dijo que podían descansar? ¡Vamos, vamos, segunda vuelta!

Los voluntarios volvieron a ponerse de pie y pasar por el recorrido de obstáculos una, otra y otra vez. Para la décima vez, saltaban las primeras tres plataformas de un brinco. Nadie salía a tomar aire en la piscina. La pared de tres metros era un chiste.

—Muy bien. Ya empiezan a tomar forma. Al siguiente entrenamiento.

Los voluntarios siguieron al sargento. Unos metros después llegaban a un campo abierto. Unas máquinas de lanzar pelotas de las que se usan en entrenamientos de bateo en béisbol eran controladas por soldados. A unos cinco metros, una línea roja de un metro de grosor se extendía por el campo.

—Estas máquinas lanzan rocas; deben esquivarlas como puedan.

—¿¡Qué!?

Sin más información, las máquinas empezaron a disparar. Marcos y los voluntarios empezaron a correr en todas direcciones.

—¡Alto!

Tras la orden del sargento, los disparos pararon.

—¡No salgan de la franja roja! Un metro, eso es todo lo que tendrán. Si no las pueden esquivar, a aguantar el dolor. Este ejercicio activará sus reflejos superiores y despertará la regeneración rápida.

—Sargento… —una de las mujeres parecía tener una queja.

—No quiero oírlo. No me interesa. Si te estás meando, te meas encima. Me da igual. No saldrán de aquí hasta que yo lo diga.

—¡Estoy harto de esta mierda! No soy un soldado. Esto es demasiado —uno de los voluntarios se quejó.

El sargento levantó una mano. Como un relámpago, uno de los EUS de la demostración salió de la puerta de un edificio cercano. Cubrió la distancia en segundos y, antes de que el hombre que se quejó lograra reaccionar, el soldado lo sujetaba por el cuello y lo mantenía suspendido en el aire. El voluntario empezó a patear y golpear el brazo del soldado sin éxito.

Ça suffit.

Tras la orden del sargento, el soldado estrelló al voluntario contra el suelo. El impacto creó un sonido intenso y seco; parte del suelo se deformó, hundiéndose un poco.

—¡Espero que haya quedado claro! —gritó mirando a los voluntarios—. De pie, señor Maruri, eso no es nada para un superhombre.

El voluntario se puso de pie. El sargento se alejó del campo. El supersoldado se mantenía en la línea roja. Las máquinas empezaron a disparar; el soldado hacía movimientos suaves milésimas de segundo antes de que las pelotas de piedra hicieran impacto. Luego empezó a golpearlas y romperlas en el aire a puñetazos.

Bon travail, Aubert.

El sargento se veía satisfecho. Los disparos pararon. El supersoldado se retiró de la franja roja.

—Aubert es de la unidad francesa. Ese es vuestro objetivo: ser como él. No sois hombres y mujeres, sois supersoldados, el futuro de Europa y nuestra única defensa contra los rusos, los chinos y puede que los americanos. No lo olviden.

El sargento hizo una señal y los disparos de las máquinas se reanudaron. Los voluntarios intentaban esquivar los disparos, inicialmente con poco éxito. Cada vez que una de las rocas impactaba contra los musculosos cuerpos, se podía escuchar un sonido diferente dependiendo de las partes golpeadas. Los más sonoros eran los golpes al cráneo. Más de uno cayó al suelo mareado tras un impacto.

—De pie, señor Bruna, ese golpe no es nada.

El abusivo y doloroso entrenamiento continuó hasta que todos esquivaban las rocas. Algunos intentaron imitar a Aubert y usar sus puños solo para abandonar la idea tras algún hueso roto. Por fin el ejercicio terminó.

—Sargento, ¿no sienten dolor? —preguntó Marcos señalando a Aubert.

—Sí, pero lo ignoran. Romperse los huesos de una mano no es nada en comparación con ser atravesado por una bala de alto calibre. A la ducha y a comer. Les espera el viaje de regreso.

Ahora que se percataban, había caído la tarde. Los voluntarios fueron guiados por un soldado. Dejaron el equipo en el suelo y fueron a las duchas según sus sexos. Al quitarse los trajes de spandex, sus cuerpos estaban cubiertos de moretones. Se ducharon y fueron al comedor. La experiencia fue menos desagradable que los días anteriores. Tras comer, abordaron un vehículo blindado y volvieron a la base de origen.

—Bienvenido de regreso —saludó Ernesto al ver a Marcos.

—¿Qué tal el entrenamiento?

—Muy doloroso. Estoy lleno de moretones.

—¿Aún te duele?

Marcos se quedó pensativo un momento.

—No.

Ernesto sonrió.

—Revisa tus moretones.

Marcos abrió el cierre del nuevo traje de spandex. Los moretones de su cuerpo casi habían desaparecido.

—¿Increíble, verdad? A medida que tu cuerpo se adapte, tu fuerza, agilidad, velocidad y capacidad de regeneración aumentarán. Es cuestión de tiempo y entrenamiento. El resultado final varía de persona a persona, pero todos los EUS curan muy rápido.

Los demás voluntarios revisaron sus cuerpos; la mayoría estaban casi curados. Antes de que pudieran acercarse unos a otros, cada enfermero guio a su voluntario correspondiente a su habitación.

—Ernesto, ¿por qué nos mantienen separados unos de otros?

—Es necesario. Aún están en etapa de entrenamiento. Muchas cosas pueden pasar; alguno podría ser un espía o tener un efecto adverso que perjudique a los demás voluntarios. Concéntrate en tu trabajo y tu propio desarrollo.

—Había más voluntarios. ¿Qué pasó con ellos?

Ernesto se mostró un poco irritado por las preguntas.

—No todos los voluntarios tuvieron resultados satisfactorios. Alguno tuvo una reacción adversa letal. Otros han sido enviados a otras unidades secundarias. Aquí solo mantenemos EUS de élite. Así funciona la vida, no se puede hacer una tortilla sin romper unos cuantos huevos… Es hora de dormir.

—La verdad, no tengo sueño.

—Eras un fisiculturista, sabes cómo funciona; es hora de dormir, tienes que recuperarte del entrenamiento de hoy.

Marcos se metió en la cama; unos minutos después se durmió. Despertó con los músculos de todo el cuerpo contraídos, los ojos negros. Intentaba moverse, pero solo conseguía contraerse más.

—Eres nuestro.

Las palabras salieron de su boca como un conjunto de voces siniestras que no eran la suya. Marcos logró recuperar algo del control de su cuerpo y empezó a gritar. Ernesto apareció poco después.

—Tranquilo. Es solo una pesadilla.

Marcos recuperó el control de su cuerpo.

—¡No es una pesadilla! Llevo mucho tiempo en cama sin poder moverme. Esas voces salieron de mi garganta, las escuché.

—No, Marcos. Tenemos cámaras secretas en las habitaciones. Has estado durmiendo todo el tiempo. Son solo pesadillas y efectos adversos de la medicación. Eso es todo. Dúchate, estás todo sudado.

Marcos se levantó de la cama. En efecto, estaba sudado; las sábanas estaban empapadas. Mientras Marcos caminaba hacia la ducha, Ernesto recogía las sábanas; miró atentamente a la mancha de sudor en la almohada: dibujaba la forma de un rostro inhumano.

Marcos salió del baño y se vistió con el traje de spandex habitual que ya estaba sobre la cama recién hecha. Ernesto le esperaba paciente.

—Es hora del entrenamiento de hoy.

Marcos siguió a Ernesto hacia el vehículo acorazado. Una vez más, el mismo paseo silencioso con un soldado encapuchado.

—¿Eres el mismo soldado de ayer?

—No.

Y esa fue toda la conversación. Marcos y los demás voluntarios bajaron de los vehículos y volvieron a hacer una carrera de obstáculos similar a la del día previo. Esta vez el recorrido resultó sencillo; repetirlo una y otra vez se volvió aburrido a las pocas horas.

—Bueno. Veo que se están adaptando bien, ya saben lo que sigue —el sargento Bertoni no parecía satisfecho.

Marcos y los demás fueron guiados hacia las máquinas lanzapiedras.

—Hoy tienen prohibido esquivar. O se dejan golpear o las rompen a puñetazos. A aquel que esquive se le disparará tres veces con todas las máquinas a la vez. Buena suerte.

El bombardeo no se hizo esperar. Varios voluntarios intentaron golpear las rocas con sus puños solo para terminar sujetándolos con la otra mano. El crujir de algún hueso roto se hacía sonoro; sin embargo, las máquinas no paraban de atacar. Marcos esquivó por instinto; escuchó el ruido de un impacto, su cabeza se sacudió y perdió la consciencia.

—Arriba, vago.

El sargento le despertó con un balde de agua fría. Marcos se levantó un poco mareado; el sargento volvía a su posición habitual. Los ataques de las rocas se reanudaron; Marcos apretó los dientes, sus puños impactaban contra las rocas una y otra vez. A diferencia de los demás, sus puños parecían curar más rápido; su boca se curvó en una sonrisa y sus ojos empezaron a tornarse negros.

—Suficiente. Acabó el ejercicio por hoy. A las duchas y a comer.

Los ojos de Marcos, quien parecía no haberse percatado de nada, volvieron a la normalidad. En la distancia, el sargento le vigilaba como un halcón. Los voluntarios volvieron a la base; sus enfermeros habituales les recibieron.

—¿Cómo estás? —preguntó Ernesto.

—Hambriento.

—¿Alguien más está hambriento? —preguntó Ernesto a los demás voluntarios.

Todos negaron. Ernesto se giró hacia Marcos.

—Muy bien. Acompáñame.

Marcos siguió a Ernesto hacia el comedor. Contrario a otros días, varios EUS ocupaban las mesas a su alrededor. Todos miraron hacia Marcos por unos segundos al verlo entrar. Marcos se llevó la mano derecha al abdomen; su estómago rugía.

—Vaya, sí que estoy hambriento.

Marcos y Ernesto se sentaron en la mesa. Tan pronto llegó la comida, Marcos se lanzó sobre ella; no le importaba que estuviese caliente, el pollo frito quemaba sus labios mientras intentaba meter un muslo con todo y hueso en su boca; sus ojos empezaban a tornarse oscuros. Antes de que pudiera entender qué sucedía, los EUS de las otras mesas se lanzaron sobre él y lo redujeron. Uno de ellos trajo brazaletes de metal, cadenas y una mordaza metálica. Un Marcos maniatado por sujeciones metálicas y cadenas fue cargado fuera del comedor y llevado a una habitación en la que solo había una mesa metálica; las sujeciones encajaban a la perfección con los anclajes de la mesa. Los EUS salieron, la puerta metálica de la habitación se cerró y las luces se apagaron…

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