Capítulo XIII. Sueños
Después de lo ocurrido en la batalla contra el rey impostor y tras varios días transcurridos, Yarátu y Béelia observaban al joven rey, que aún no lograba despertar. La anciana Nicteel también se encontraba allí, utilizando unas pequeñas piedras de color rojo que sacudía con las manos y colocaba sobre la frente del muchacho, además de aplicar diversas hierbas que recubrían su herida.
—Este es un poderoso hechizo de curación. No entiendo por qué no despierta —comentó Nicteel. —Ya depende de él mismo.
—Esperemos que pronto lo haga y no se cumpla lo que piensa el impostor: que ha muerto —dijo Yarátu con molestia.
Después de un momento, los tres salieron de la habitación del muchacho y se dirigieron al salón principal del Teōcalli, donde se encontraban Zazil, Ikal e Itzmin, esperando noticias.
Mientras tanto, en el sur, las noticias corrían por todos los rincones de imperio y habían llegado hasta los oídos del reino de Copan.
—Padre. Llegó el momento de actuar. Al parecer el joven recién aparecido y quien decía ser hijo de Mixtli, ha muerto. ¿Qué pasará ahora? —Dijo uno de los guerreros tras la máscara y el cual su nombre era Akbal.
—Debemos esperar… Aun no es el momento… Hay algo que se mueve en las sombras —apenas y respondió con una voz entre cortada y cansada el rey.
En ese momento fueron interrumpidos por otro de los guerreros enmascarados y el cual era el hijo mayor del rey Alom.
—Padre. He marchado a las tierras centrales del Mayab como ordenaste. Pero no hay rastros de nada. Ya me he cansado de buscar por tantos años. Casi cien años para nada —recalcó.
—Hokeb —musitó con voz cansada el rey —tú más que nadie sabes la importancia de todo esto. En ese momento sus palabras fueron ahogadas por una tos que le impidió seguir hablando
—Ya hemos esperado bastante —interrumpió con autoridad Akbal. —Con el joven muerto y el rey indefenso, debemos recuperar nuestra grandeza. Reinar por nuestra cuenta. Padre, tú eres un viejo que no le sirve al reino para nada. Llegó el momento de hacer un cambio.
—¿Qué dices? —cuestionó el hijo mayor las palabras que salieron de la boca de su hermano volteándolo a ver desafiante. En ese momento se percató que todos los demás guerreros que siempre cuidaban al rey marchaban amenazantes hacia él. Comprendió de inmediato que su hermano había movido los hilos para hacerse del poder.
—Digo que ya no necesitamos del imperio. Ni de ustedes dos para continuar. —respondió cínicamente
De inmediato Hokeb intentó defenderse, pero fue neutralizado por su hermano de inmediato.
—No intentes nada. Tus hijos, esposa y nietos están siendo escoltados. Basta comunicarme con los que los custodian para acabar con ellos.
Estas palabras hicieron que el guerrero bajara la guardia. No podía enfrentarlos y poner en peligro a su familia.
—Muy inteligente hermano. —Señalo con mofa Akbal —Escóltenlo a las prisiones. Allí lo espera su familia — ordenó.
Un par de guerreros escoltaron al infortunado sujeto, que no opuso más resistencia.
Después de aquello, entre las sombras de unas de las columnatas del Teōcalli surgió el sacerdote y consejero principal de Copan.
—¿Qué haremos con el rey? —señaló el sacerdote observando el trono donde sin inmutarse ni decir palabra alguna, se hallaba el rey de oro verde.
—Por ahora nada. No es conveniente una guerra civil. Mi hermano aún tiene muchos seguidores. Digamos que su captura fue ordenada por mi propio padre. —afirmó con voz fría Akbal.
—Se hará como usted diga. Correré la voz entre los señores y consejeros de guerra. —Señaló el sacerdote dando una reverencia y salió del gran salón.
El rey Alom siguió sin decir palabra alguna, postrado cual estatua sobre el trono de jade, mientras su hijo lo observaba con una mirada serena.
Mientras tanto, en el Dajin, en la habitación del Teōcalli, donde se hallaba el joven rey sumido en un sueño profundo, éste aún era incapaz de despertar tras la herida que le había propinado David.
El muchacho se encontraba en un limbo oscuro, perdido sin poder despertar. De repente, entre el manto de oscuridad se escuchó una voz.
—¡Rey Alarii!, ¡nos volvemos a encontrar! —interrumpió una voz conocida dentro de sus sueños.
—¿Eres… Tláloc? —preguntó, titubeante, ya que solo podía ver la silueta borrosa de una figura.
—Así es —respondió la voz, que resonó como un eco en todas direcciones.
De pronto, el joven se vio rodeado por una habitación iluminada por antorchas. En ella, se escuchaban gritos de dolor, lo que rápidamente lo hizo voltear hacia donde venia el sonido. Una mujer estaba a punto de dar a luz.
—¿Tláloc… dónde estoy?
—No te preocupes, nadie puede vernos. Es solo un recuerdo del pasado que quiero mostrarte.
Intrigado, caminó hacia la cama donde yacía aquella mujer, rodeada por un par de parteras y curanderas que la asistían. Elías no se había percatado de que, en uno de los ventanales, un hombre se encontraba de espaldas, observando hacia el exterior. De pronto, el llanto de un bebé llenó la habitación.
—¡Mixtli, nuestro hijo! —alcanzó a decir la mujer con voz débil, casi sin aliento.
Elías alzó la vista y vio cómo el hombre se acercaba, con lágrimas en los ojos, tomando al bebé entre sus brazos. Luego de unos segundos, le dio un beso en la frente. En ese instante, el joven comprendió que aquel hombre era su padre en este mundo, y ese bebé… era él mismo.
—¿Por qué me muestras esto? —preguntó con visibles ojos cristalinos, mientras su padre susurraba palabras a la criatura.
—Es de suma importancia que sepas algo —respondió Tláloc. —Observa.
—Su nombre será Alarii —interrumpió la mujer, que ahora comprendía, era su madre.
—Yoltzin, mi pequeño corazón… “Alarii” será tu nombre entonces —anunció sonriente Mixtli a los presentes.
En ese momento, Tláloc entró en la escena, quien también estuvo allí, en aquel momento histórico.
—Está completo, Mixtli. El príncipe debe protegerse… debemos llevárnoslo.
—¿Llevárselo? —preguntó la madre, aterrada. —¿Qué planean hacer con mi hijo?
Pero antes de obtener una respuesta, comenzó a chillar y quejarse nuevamente de dolor.
Entonces, una explosión sacudió el lugar y una nube de polvo llenó la habitación, transformando todo en un caos. En medio de la confusión, nuevamente las parteras se acercaron a su madre, mientras su padre y Tláloc desaparecían con el recién nacido.
—¿A dónde se han ido?
—¡Pretendíamos enviarte al Tlalocan! —explicó el dios, pero fue interrumpido por el llanto de otro bebé.
—¡Es una niña! —exclamó una de las parteras, que era Nicteel, pero de apariencia mucho más joven.
Elías no la reconoció al principio, pues su aspecto era completamente distinto. Mientras tanto, la reina, exhausta y confundida, se desmayó.
El joven observaba todo con detenimiento. Y entonces, lo entendió: tenía una hermana gemela.
Repentinamente, tres soldados irrumpieron en la habitación. Uno de ellos tenía un gran parecido con Yarátu, aunque su aspecto era distinto: parecía mayor, más endurecido por los años.
—¿Yarátu? —dijo Elías al verlo.
—No. No lo es, joven rey. Aunque tiene el mismo nombre, es el abuelo del líder de la resistencia. Es muy parecido a él.
Enseguida, una fuerte explosión sacudió el lugar, justo cuando el abuelo de Yarátu tomaba a la niña en brazos.
—¡Debemos salvarla! —indicó, pero de inmediato se vio rodeado por varios hombres que irrumpieron en la habitación.
Los soldados que lo acompañaban se abalanzaron vivazmente contra los invasores, dando tiempo a que escapara con la niña en brazos.
Los dos guerreros pelearon con ferocidad y lograron abatir a sus enemigos, pero entonces apareció un adversario aún más poderoso. Al entrar en la habitación, los atacó con gran destreza, esquivando sus poderes y dando muerte a todos los presentes. Solo Nicteel logró escapar, desapareciendo entre las sombras.
—¡No se saldrán con la suya! —gimió una de las curanderas antes de morir.
—¿Quién es él? —preguntó Elías con angustia, al ver cómo el enemigo se acercaba a su madre, aún desmayada en la cama.
—Su nombre era Meri. Fue el general de guerra del Dios del Fuego, Huehueteotl —explicó Tláloc.
Elías, desesperado, trató de detener al hombre, pero sus puños no hacían daño alguno: al golpearlo, se desvanecía como un fantasma.
—Es solo un recuerdo. No podemos intervenir —explicó Tláloc con calma, ante la impotencia del muchacho.
Aquel hombre cargó a la reina y se dirigió hacia la salida, llevándosela en brazos. Repentinamente, una explosión envolvió la escena. Esto dejó cegado por un momento al joven. Impotente, sin poder hacer nada, solo se cubrió el rostro ante la intensidad de la luz.
La luz comenzó a disminuir lentamente, revelando un bosque de pinos, cubierto por un silencio profundo. Allí apareció el abuelo de Yarátu, aún con la niña en brazos. Estaba herido y demasiado exhausto para continuar, por lo que se sentó, recargándose en uno de los árboles. Solo la luz de su antorcha lo hacía visible en medio de la oscuridad.
—Pequeña, quédate quieta. No hagas ningún ruido —susurró, mirando con ternura a la criatura.
Poco después, dos hombres llegaron y se plantaron de forma amenazante frente a él.
—Yarátu, ¿qué llevas contigo? —interrogó uno de ellos.
El guerrero cubrió a la niña con las sábanas y se levantó con dificultad para enfrentar a los hombres.
—¡Ya veo que prefieres la muerte! —dijo el otro con desdén.
El enemigo lanzó su filosa navaja, pero Yarátu la esquivó con un movimiento rápido. Luego, de sus manos surgió un torbellino que arrojó al atacante contra un gran pino.
El segundo soldado, armado con una espada, se abalanzó sobre él. Yarátu se defendió como pudo. Pronto, su rival comenzó a lanzar esferas de fuego desde las manos. Herido y agotado, apenas podía esquivarlas. Cuando una de ellas se dirigía hacia él, respondió con otro ataque, y al chocar los poderes, se generó un torbellino de fuego que arrojó a ambos por los aires.
Elías observaba sin poder hacer nada, furioso por su impotencia.
El enemigo se levantó ileso, pero Yarátu no volvió a ponerse de pie. El agresor se acercó con la intención de rematarlo, pero entonces el llanto del bebé lo detuvo.
—¡Así que esto era lo que ocultabas! —dijo con desprecio. —¡Qué tonto fue Mixtli al confiarte la vida de su hijo!
Pensaba erróneamente que se trataba de la reencarnación de la serpiente emplumada, sin saber que era su hermana gemela.
—¡No!… ¡No te atrevas! —jadeó Yarátu, desangrándose en el suelo.
El hombre alzó su espada para terminar con él, pero justo en ese instante, una flecha le atravesó el corazón. Cayó inerte al suelo.
—¿Te encuentras bien? —preguntó un extraño que se acercó apresuradamente. Era quien había disparado la flecha.
Aparentaba unos treinta años, joven y fuerte.
—Yo… no… importo —masculló con voz entrecortada. —Toma a la niña y escóndela… Es hija del rey Mixtli. Nadie debe saber su identidad por ahora.
El hombre se dirigió velozmente hacia donde lloraba la niña y la tomó en brazos.
—¡Tengo que ayudarte o morirás! —exclamó.
—Ya no puedes hacer nada por mí, pero por ella sí —respondió Yarátu, contemplándolo. —Te conozco… eres el príncipe Yaotl de la ciudad del trueno.
—Sí. Así es —confirmó el joven. En ese momento, el guerrero exhaló por última vez.
Yaotl le cerró los ojos con respeto y, temiendo que más enemigos se acercaran, desapareció entre los árboles, llevando a la niña consigo.
—¿Qué fue de mi hermana? —cuestionó Elías al ver que el sujeto se marchaba.
Tláloc, guardó silencio por un momento, observándolo, y entonces habló:
—El príncipe la hizo pasar por su hija y la nombró… Béelia.
Al escuchar esto, el muchacho enseguida comprendió todo.
—¡No puede ser! ¿Dices Béelia?… entonces…
—Tu hermana gemela es… la Tlatoani de la Ciudad del Trueno, Béelia —interrumpió el dios al ver su asombro.
El muchacho no podía creerlo. Estaba verdaderamente impactado.
—Ahora entiendo esa extraña sensación que sentí desde el primer día que la conocí —recordó. —Pero… ¿por qué no me lo habías dicho antes?
—Nosotros mismos no sabíamos de su existencia hasta hace muy poco. Desde tu llegada a Aztlán, hemos recuperado parte de nuestros poderes y comenzamos a indagar en el pasado, buscando comprender todo esto y encontrar algo que nos fuera útil… y dimos con esta verdad. El nacimiento de ella es un misterio que ni nosotros entendemos del todo. Me temo que hay algo más en juego.
—¿A qué te refieres? —preguntó intrigado.
—Antes de tu nacimiento, nosotros, los dioses, comenzamos a sentir una presencia maligna en estas tierras. Cuando el dios del fuego atacó, supusimos que se trataba de él, pero ahora he vuelto a sentir aquella misma impresión… la misma que sentí hace tantos años.
—¿Eso tiene algo de malo? No entiendo nada, tienes que decirme —pidió el joven con ansiedad.
—¡No lo sé! Pero hay algo que no me gusta. Tú debiste haber sido el único en nacer, ya que eres la reencarnación de Quetzalcóatl, nuestro gran señor —aseguró el dios. —Te contaré: a Quetzalcóatl algo le preocupaba, algo relacionado con el pasado… con la era del Primer Sol o tal vez incluso antes de ese tiempo. Todos sentíamos una presencia poderosa surgir desde el inframundo. Así que la Serpiente Emplumada decidió investigar por su cuenta sin decirnos nada. Pero algo ocurrió allá abajo, algo que lo obligó a reencarnar en ti. Por eso desconocemos los detalles. Lo único que sé es que esto jamás había sucedido.
—Días antes de que todo ocurriera, me habló de un suceso antiguo… uno que sucedió antes de nuestra llegada a este mundo. Algo lo atormentaba profundamente: un acontecimiento que tuvo que ver con el Iniciador, nuestro padre. Fue lo único que se atrevió a contarme. Dijo que era peligroso que nosotros supiéramos más porque el enemigo podría estar en todos lados. No confiaba en nadie. Luego, ya en el Tlalocan, el Iniciador habló con nosotros por primera vez y nos reveló que tu nacimiento sería el día del Festejo de la Serpiente Emplumada. Pero algo salió mal. Naciste dos días antes de lo profetizado, y debido a la guerra que se libraba decidimos salvarte enviándote al Tlalocan. No podíamos arriesgarnos a que te asesinaran. Ahora, mi hermano duerme dentro de ti, esperando despertar después de doscientos años. Es imperativo que se cumpla la profecía —concluyó Tláloc.
—Eso no suena nada bien. Parece que el día del Festejo de la Serpiente será crucial para despejar todas estas dudas —dijo Elías, desanimado.
El joven rey, sin embargo, también se alegró. Ahora sabía que tenía una hermana. Desde que conoció a Béelia, sintió una extraña energía, una calidez especial que no podía explicar… y ahora lo entendía.
—La llegada de tu amigo David complicó todo. Ahora tenemos este contratiempo. Debes quitarle el brazalete. Se acerca el día del Festejo de la Serpiente Emplumada, la fecha señalada por la profecía. Si no consigues el brazalete para entonces, ya no podremos hacer nada —sentenció Tláloc. —Tienes que tenerlo ese día, y subir exactamente a la cima de la Pirámide del Sol, justo cuando el sol esté en lo más alto. Mi hermano, que aún duerme dentro de ti, no podrá despertar por completo si no lo haces. Él debe tener las respuestas a todo lo que ha acontecido.
—Lo entiendo. Algo de esto ya me habían comentado mis amigos.
—Joven rey, debo irme. Recuerda lo importante de esta misión: si no recuperas el brazalete, nosotros tampoco podremos volver, y este mundo comenzará a morir lentamente. Ya han pasado casi doscientos años sin nuestra magia; este mundo no podrá resistir más. Sin nuestro poder y, aún más importante, sin el de Quetzalcóatl, fuerzas oscuras escaparán de sus prisiones, y ni tu amigo David podrá contenerlas —finalizó mientras empezaba a alejarse.
—Descuida. Ahora sé lo importante de todo esto —declaró Elías.
Pronto una luz blanca lo encegueció y, justo en ese instante, abrió los ojos.
—¡Es un milagro de los dioses! —exclamó la anciana Nicteel, que estaba cerca del muchacho.
Rápidamente, todos corrieron hacia la habitación al escucharla. La Tlatoani Béelia lo abrazó fuertemente, lo que le causó un poco de dolor.
—¡Lo siento! —dijo al darse cuenta.
—No te preocupes —respondió el muchacho con una leve sonrisa.
—¡Gracias a los dioses que al fin despiertas! —comentó Zazil.
Elías retiró con cuidado las hierbas que cubrían su herida. Sin embargo, al hacerlo, apenas se notaba una pequeña cicatriz.
—Eso se lo debes a Nicteel. Ella cuidó de ti todo este tiempo —indicó Ikal en ese momento.
—Gracias, sabia Nicteel —agradeció. Entonces, recordó algo importante. —¿Qué ha pasado con David? —preguntó rápidamente.
—El rey impostor huyó, no sin antes recibir una flecha mía en el pecho. Pero desgraciadamente se salvó —replicó Ikal. —Piensa que has muerto.
—¡Ya veo! —musitó el joven.
—Yo creo que no es momento de hablar de esas cosas. Ya pronto nos ocuparemos de eso —interrumpió Béelia. —Debes tener hambre. Ordenaré servir los más exquisitos manjares de la ciudad.
Después de un rato, todos se sentaron a comer en una enorme mesa de piedra rectangular, tallada con glifos extraños de aquel mundo. Ahí, el joven —aunque aún débil— les contó lo sucedido con Tláloc y lo que este le había revelado, aunque omitió la parte del nacimiento de Béelia. Deseaba hablar a solas con su hermana para decírselo, pues no sabía si ella ya estaba al tanto.…
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