El bosque de Valdelumbre vestía de naranja y un viento que ya olía a nieve bajaba del norte. Mario se subió el cuello del abrigo y agitó las riendas de la carreta para apresurar un poco a su perezoso caballo. Había pasado el día recorriendo varias ferias y ventas de jardín en busca de un armario para su hija, Clara. El sol ya se retiraba del cielo, tiñéndolo de naranja y púrpura.

—Creo que vamos a tener que ir a ver al carpintero mañana, amigo —dijo Mario, bostezando. El caballo respondió con un bufido y una nube de vapor.

Entonces, lo vio. Un enorme armario. Su pintura amarilla resplandecía entre vetustos árboles y espinosos arbustos. Se veía fuera de lugar, como un espejismo. Mario apresuró al caballo con otro chasquido. El jardín pertenecía a una casona que había visto mejores días. Tiempo muerto chorreaba por sus muros y muchas de sus ventanas estaban cegadas por tablones mohosos. Había otros muebles entre la maleza, pero Mario no les prestó atención. Bajó de la carreta y atravesó el jardín. Mario nunca había visto semejante mueble. Sin embargo, su corazón latía con el ansia de quien se reencuentra con un viejo amigo.

De cerca, el armario era más grande de lo que parecía. Tenía un árbol tallado de cada esquina y sus ramas se entrelazaban por encima de las puertas, que estaban decoradas con dos exquisitas pinturas. En la puerta derecha, una niña con una caperuza roja se detenía en un camino boscoso para mirar sobre su hombro. En la puerta izquierda, surgiendo de entre la vegetación, un enorme lobo de negro pelaje. Sus ojos amarillos parecían brillar bajo la luz del atardecer. El mueble era viejo. Su madera exhalaba un olor a olvido que delataba una larga estancia en algún rincón oscuro. Mario apoyó la mano en la vieja pintura y sintió una vaga nostalgia, como si hubiera tropezado con un eco lejano de su infancia. Escuchó las susurrantes hojas agitándose, tratando de gritar. Escuchó pasos a su espalda.

—¿Le interesa? —La voz sonaba cansada. Desgastada por años de preocupación.

—Sí, por supuesto —dijo Mario sin voltear.

—Señor. ¡Señor!

Mario se volteó por fin. Se encontró con un hombre tan anciano y deteriorado como la casa donde vivía. Lo miraba con ojos de párpados caídos. Sus dedos entrelazados sobre el vientre.

Mario se aclaró la garganta.

—Disculpe. Estaba admirando la pintura. ¿De qué año es?

—antiguo. Pero no sabría decirle. Lo encontré hace años en el bosque. Me sirvió bien, pero ya es hora de dejarlo ir. —Las palabras del anciano sonaban huecas.

—¿Cuánto pide por el?

—Lo que pido no es dinero. Es un guardián. Este armario no debe estar cerca de ningún niño.

Mario soltó una carcajada.

—¿De qué habla, buen hombre?

—Es muy antiguo y querido. No querría que algún mocoso lo dañara. Si me dice que no hay niños en su casa, es suyo.

—Le juro con Dios como testigo que no hay un solo niño en mi casa —dijo Mario con una pícara sonrisa.

El anciano lo observó por un momento. Mario notó el temblor en uno de sus párpados.

—Sea. Traiga su carreta.

El caballo relinchó nervioso. Bufaba y tiraba del arnés como queriendo soltarse. Oh oh. Tranquilo, chico, decía Mario. El armario, sin embargo, resultó ser mucho más ligero de lo que parecía. Mario y el anciano lo levantaron sin esfuerzo para subirlo a la carreta.

—Es como si se quisiera ir conmigo —bromeó Mario.

El anciano se limitó a sonreír con tristeza. Mario trató de tranquilizarlo.

—Lo cuidaré bien. No se preocupe.

La luna colgaba de cuando Mario llegó a casa. Le pagó a unos chicos de la zona para que lo ayudaran a subirlo al cuarto de Clara. De nuevo, el mueble se deslizó casi por sí solo escaleras arriba. La niña se quejó al verlo. Decía que no le gustaba el lobo en la puerta izquierda. Después de una larga discusión, Mario cedió. Llamaría al carpintero en unos días para darle unos retoques y quitar la pintura del lobo. También ese desagradable olor a tierra y moho.

—Está bien, está bien… llamaremos al carpintero —dijo Mario. Abrió las puertas. Olía a tierra. A hojas muertas.

—Huele feo —se quejó la niña—. Además, está roto.

—donde?

—Ahí. —Clara señaló unos profundos arañazos en el suelo del mueble.

—Mmm. Se habrá quedado algún animal aquí encerrado. Nada que no se arregle con un buen repaso. El sábado traeré al carpintero. También quitaremos a ese lobo feo de la puerta. Ahora, a dormir.

Aquella noche, Mario despertó con un sobresalto al sentir que una pequeña mano tironeaba de su pierna. Era Clara, al pie de su cama.

—El armario hace ruidos, me da miedo.

Después de encender una vela, Mario siguió a Clara de vuelta a su habitación, preparando en su cabeza las palabras que calmarían sus temores.

Como era de esperar, no había nada. Solo restos de telarañas secas y un leve olor a humedad vieja. Sin embargo, no pudo evitar que su corazón diera un vuelco al cerrar la puerta y encontrarse cara a cara con el lobo. Sus ojos de ámbar no habían sido corroídos por el paso del tiempo… parecían brillar a la luz de la vela… parecían…

—¿Papá? —susurró Clara, asustada.

—Fue un mal sueño, Clara. Vuelve a la cama.

Después de una tranquilizadora charla y no con poco pesar, Mario dejó a su temblorosa pequeña en la cama de rosado edredón y salió de la habitación llevándose consigo la única luz.

Ya solo en el pasillo, Mario se sorprendió, lanzando miradas furtivas hacia la escalera que se abría a su izquierda. La temblorosa luz de la vela parecía agotarse, esforzándose por mantener a raya la oscuridad que lo rodeaba. El crujido de cada tabla bajo sus pies se sentía como una delación, como si llamara la atención de algo que acechaba más allá del círculo de luz. Se reprendió por dejarse influenciar por los miedos infantiles de Clara, pero aun así, apuró el paso hasta su cama, que lo recibió con una frialdad poco acogedora.

Se despertó con el calor del sol filtrándose por la ventana y el fresco aroma de un nuevo día. Se incorporó y cruzó el pasillo para entrar en el cuarto de Clara.

La encontró acurrucada junto al armario, cuya puerta permanecía entreabierta. Murmuraba algo entre sueños. Él la sacudió con delicadeza, luego más fuerte. Llamó su nombre, asustado. Entonces la niña abrió los ojos con visible esfuerzo.

—Papá… fue horrible. No quiero ir al bosque. No quiero, no quiero—sollozó. Él la tomó en brazos.

—Shh, tranquila. Solo fue una pesadilla. Hoy mismo pongo el armario en el pasillo, ¿de acuerdo? —Clara asintió sin mucho entusiasmo.

Cuando miró la pintura del armario, notó que algo era distinto. La escena parecía la misma y, sin embargo, no lo era. La niña de rojo estaba más lejos, ¿o más cerca? En la otra puerta, el lobo seguía medio oculto entre los arbustos. Su mirada clavada en algún lugar fuera del cuadro. En Clara. Un golpe sordo hizo saltar a padre e hija.

—Llegó la señorita Reyes. Vístete —dijo Mario con un suspiro.

Después de dejarlas a ambas en el salón, Mario volvió a la habitación de Clara. La puerta del lobo seguía entreabierta. Exhalaba una fría brisa de cenagal. Mario se detuvo. Sintió su corazón palpitar nervioso.

—¿Qué eres? ¿Un crío de cuatro años? —se reprendió. Dio un paso al frente y se plantó frente al lobo. No era más que pintura vieja—. Vas al pasillo, lobito.

Se posicionó al lado del mueble y empujó. El armario no se movió. Sorprendido, Mario examinó el parquet, pero no había obstáculo alguno. Empujó de nuevo con más fuerza, sin mejor resultado. Mario estaba furioso. Apoyó el hombro, plantó los pies y embistió con fuerza. El piso gimió. La madera crujió. Mario se aferró al árbol tallado mientras pujaba entre dientes. El mueble cedió repentinamente con un crujido. Mario resbaló y cayó al suelo soltando una sonora maldición. Al levantarse, vio que las patas del armario habían abierto profundos surcos en el parquet. Sin pensarlo, descargó una patada contra la madera. El mueble gimió, y luego gruñó. Sus puertas vibraron con un gorgoteo profundo y denso que sofocó la rabia de Mario y lo hizo retroceder conmocionado. Con las piernas entumecidas por el miedo, Mario cojeó hasta el pasillo y cerró la puerta de la habitación con llave.

El día llegó a su fin, y el ocaso trajo consigo de nuevo el hedor del miedo, ese olor denso y opresivo que la luz del sol había logrado disipar por unas horas.

Clara y Mario organizaron una pequeña pijamada en la cama de este. Tomaron chocolate caliente con malvaviscos, y entre historias y risas, Mario logró que la pequeña se durmiera con una sonrisa en el rostro.

Acompañado únicamente por la respiración pausada de Clara y el monótono tic-tac del reloj en el pasillo, Mario volvió a sentirse expuesto, como si algo invisible aguardara pacientemente en las sombras a que el sueño finalmente lo venciera.

El viento traía consigo el susurro de hojas secas y el acre aroma de tierra húmeda. Plateados rayos lunares rasgaban la oscuridad aquí y allá, entre árboles milenarios que se alzaban apretujados y retorcidos, como dedos fracturados. Y más allá, desde la negra boca de una cueva, ojos amarillos como brasas ardían en la penumbra. Observaban, hambrientos… pero no lo observaban a él.

—Clara… —Susurró la voz, profunda como la oscuridad del bosque, brotando de entre raíces húmedas y hojas podridas.

Mario vio a Clara. Avanzaba delante de él, en dirección a la cueva. Trató de seguirla, pero sus piernas se tornaron pesadas como plomo, hundiéndose en la tierra con cada paso. Quiso gritar su nombre, detenerla, pero al intentarlo, descubrió que no sentía sus labios. No tenía boca.

De entre las sombras, se asomó un hocico manchado de sangre reseca. —Clara… —llamó.

Mario luchaba, pero un espasmo le detuvo los pulmones en seco. Ya no tenía nariz. El aire no llegaba. Se estaba ahogando.

—Una nariz para olerte mejor… —dijo la bestia.

Las sombras se volvieron espesas como el barro, y las ramas se cerraban a su alrededor. Clara estaba justo a su alcance. Estiró el brazo. La bestia sonrió.

—¡Unos ojos para verte mejor!

Mario sintió la frialdad de la madera bajo sus pies y abrió los ojos: estaba de pie en el pasillo oscuro, frente a la habitación de Clara, con la mano firmemente asida al brazo de su hija, rígida como una estatua.

Esa misma mañana, Mario envió a Clara a casa de su hermana con la señorita Reyes.

—Dígale que estaré ahí al anochecer.

—Claro, no hay problema —accedió la mujer, con gesto preocupado—. ¿Todo bien, señor?

—Sí, solo tengo que ocuparme de algo.

Una vez solo, Mario se dirigió al cobertizo. Cogió su hacha y subió la escalera con paso decidido. Llegó al pasillo. El hacha pesaba cada vez más, y sus párpados también. Abrió la puerta de una patada. Ahí estaba el armario; parecía más alto. El lobo de la puerta estaba ahora de pie sobre el camino. Mario no se asustó. Levantó el hacha y atacó. El hacha se hundió en la madera de un árbol viejo. La madera herida vomitó savia rancia con gusanos que bajaron por el mango del hacha. Mario perdió el equilibrio y cayó chapoteando en el barro. ¡No, no! ¡Maldita sea! Gritó mientras los cañamos se doblaban sobre él. En un arbusto cercano, dos ojos amarillos se abrieron. Los cañamos serpenteaban en torno a Mario, envolviéndolo. Pudo liberar un brazo del barro y, sin pensarlo más, hundió el índice en su ojo. La luna desapareció con el latigazo de dolor, revelando el techo de la habitación y el armario con la puerta abierta. Los ojos de Mario se cerraron de nuevo y sintió el abrazo del barro. Las hojas cortando su piel. Y ya no se pudo mover.

La presión cedió de repente. Mario respiró agitado. Estaba de pie. Olía a madera vieja. A carne podrida. Sus manos tocaron algo frente a él: una puerta. Empujó. La luz del sol lo cegó y cayó de rodillas sobre la hierba. Se giró sobresaltado. Tras él había un árbol de apariencia normal. No había gruñidos. No había pantano. Solo el trinar de los pájaros entre copas de intenso naranja.

Mario no tenía tiempo que perder. Sabía que el bosque estaba al norte del pueblo, así que echó a andar manteniendo el sol a su izquierda. En otras circunstancias habría encontrado aquel largo paseo agradable. El aire era fresco y se respiraba con facilidad. Aun así, miraba con recelo entre los arbustos y se sobresaltaba con cualquier sonido. Encontró un arroyo y lo siguió hasta una cabaña de leñadores. Los hombres accedieron a llevarlo de vuelta al pueblo con ellos. Estaban a mediodía de viaje, le dijeron.

La luna ya colgaba alta y pálida en el cielo cuando Mario por fin llegó a la casa de Lucila, su hermana. Aporreó la puerta con urgencia. Gritó su nombre y se asomó por las ventanas sin preocuparse de quién escuchara.

—¿Don Mario? —llamó una cautelosa voz de mujer.

—¿Sabe usted dónde está mi hermana? —preguntó Mario ahorrándose las cortesías.

La mujer le extendió un papel doblado. El estómago de Mario dio un vuelco.

—Soy la vecina, doña Lucila me encomendó esta nota ayer por la tarde.

Mario desdobló el papel y reconoció la caligrafía de su hermana al instante:

Querido hermano:

Ya no puedo esperar más. Han pasado cuatro días y no apareces. Clara no para de llorar y de hablar de un lobo y un armario o algo así. Pasaré por tu casa a buscar ropa para la niña y luego iré a la comisaría.

Con amor,

Lucila.

Mario echó a correr, empujado por una funesta certeza que le apretaba el pecho como una garra invisible. Corrió como poseso por callejones y por calles anegadas hasta que, sin darse cuenta, estaba de pie frente a la puerta abierta de su casa. Dejó caer la nota arrugada al suelo y entró.

Hacía frío. El aire era una oscura melaza de silencio. En el sofá yacía Lucila. El ceño fruncido y los labios torcidos en una mueca de dolor. Movía la cabeza de un lado a otro y sus puños apretados sangraban sobre su pecho.

—Qué orejas tan grandes tienes —murmuró.

Mario ya no tenía fuerzas. Todo estaba perdido. Casi a gatas, se arrastró escaleras arriba.

—¡Clara! —llamó.

Con manos torpes y pesadas, empujó la puerta de la habitación. El aire estaba cargado de un olor a tierra húmeda y pelaje mojado. No había rastro de Clara. Las puertas del armario estaban abiertas de par en par, y en su interior, entre las sombras, dos ojos de ámbar brillaban…

…"

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