Hola soy nuevo aquí y quería compartir el borrador del primer capítulo de una historia que estoy escribiendo. Está ambientada en una isla de fantasía, en una época tardío medieval más cercana al renacimiento. La historia seguirá a dos hermanos y su mentor que se ven obligados a huir de su hogar cuando una poderosa duquesa ordena a un grupo de sectarios que los encuentren.
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CAPÍTULO 1: UN TRABAJO MÁS
Una suave brisa de viento mecía las hojas de los pinos. Un silencio inundaba el bosque, un silencio extraño. El canto de algún jilguero y el movimiento de algún pequeño roedor eran los pocos sonidos distinguibles en aquel voto de silencio que el bosque había realizado aquella tarde.
Un estrecho camino de tierra, apenas visible, se internaba en aquel paisaje tan único del sur de la isla. Allí, se encontraban de pie, parados como pasmarotes, tres hombres armados observando un cartel de madera arrancado a la derecha del camino.
—¡Y una mierda! —vociferó la figura más alta mientras se agarraba el cinturón.
—¿No me dirás que estás acojonado, hermano? —preguntó con sarcasmo el más bajo de ellos.
—No es eso, ¡joder! —El alto elevó su tono de voz buscando la intervención del último hombre, un anciano que no había dejado de observar la entrada. Ante la indiferencia del hombre, prosiguió con la discusión—: Pero ya sabes lo que opino de los putos lobos, nunca van solos, coño, van en manada, lo sabe todo el mundo.
—Vale, estás acojonado —respondió vacilante el bajo, mientras que su hermano fruncía el ceño dispuesto a responder con la respuesta más ingeniosa que había podido pensar en ese momento.
—¡Gilipollas! —vociferó el grandullón sosteniendo la camisa blanca de su hermano por el cuello mientras este no dejaba de sonreír.
—¡Basta los dos! Gonzalo, tú delante; Alonso, tú detrás. —Instantáneamente ambos hermanos se callaron y obedecieron la orden sin vacilar ni un momento. El bajo se puso al frente mientras el alto se posicionó en la retaguardia del trío.
Mientras los hermanos obedecían, el anciano no apartó la vista de aquella entrada ni un solo segundo. Lo cierto es que aquel hombre era bastante reconocible: piel rugosa, áspera, pelo de color ceniciento, barba descuidada y una gran cicatriz en su labio. No era muy alto, pero contaba con una barriga prominente cultivada a lo largo de los años. Su aspecto era más propio al de los filósofos borrachos de las tabernas que al de un buscavidas.
—Entonces… —Gonzalo se dio la vuelta para mirar al anciano antes de emprender el camino dentro del bosque—. ¿Se supone que tenemos que confiar en la palabra de un concejal corrupto? No es por ir en tu contra, Martín, pero llevas toda nuestra vida repitiendo que debemos ser más listos que los demás y esto no es algo muy inteligente, digo yo.
Lo cierto es que Gonzalo tenía parte de razón; aceptar un contrato para cazar un lobo solitario por una cantidad grande era una señal de que aquello era más bien una estafa que podía terminar o en un robo o en algo peor. Gonzalo siempre había sabido suplir su poca altura y fuerza con una inteligencia y curiosidad enormes. Las diferencias con su mellizo eran tan significantes que se podría afirmar que no se parecían en casi nada. Uno era un gigante de pelo largo y castaño oscuro, ojos color miel; el otro, de estatura baja, pelo negro carbón y corto y unos ojos verdes heredados de su padre.
—Llevamos una semana comiendo pan duro y nos quedamos sin dinero hace tres días. Sé que no es lo mejor, pero hace meses que no encuentro un contrato de verdad, así que esto es lo mejor que tenemos por ahora. —La preocupación en el rostro de Gonzalo se acentuaba a más palabras salían de la boca de Martín, así que tenía que hacer algo para calmar la situación; suspiró y buscó en su cabeza qué palabras serían las más adecuadas.
—Es una trampa, lo sé —dijo finalmente mientras se frotaba la barbilla—. Si el lobo no existe, que probablemente así sea, volveremos a la aldea y obligaremos a ese cabrón a que nos pague lo que nos debe; si existe, lo cazamos y hacemos lo mismo.
La expresión de falsa confianza de Martín solo logró convencer a Alonso, que asintiendo animó a su hermano para que echara a andar de una vez. Gonzalo, a regañadientes, empezó la caminata hacia la boca del bosque siguiendo el camino en un inicio hasta que los cantos de los pájaros cesaron y el silencio más absoluto se adueñó de la escena.
Martín hizo señas con las manos a los hermanos para que los tres abandonaran el camino y se adentraran entre los árboles. Guiando el grupo esta vez el anciano, los tres hombres desenvainaron sus armas: Alonso un mandoble viejo de aspecto endeble, Gonzalo una pequeña espada y una pequeña rodela que portaba en su espalda; finalmente Martín cargó su ballesta y preparó un puñal que colgaba de su cintura.
Una siniestra niebla comenzó a inundar el bosque al mismo tiempo que el sol comenzaba a desaparecer. Ante la escasa visión, Alonso se tropezó con una raíz que sobresalía del suelo cayendo sobre su hermano, que logró esquivarlo por centímetros y esbozó una leve sonrisa. Martín alzó su mano izquierda cerrando el puño para indicar silencio. La brisa del viento emitía un pequeño silbido que erizó la piel de los tres hombres mientras la oscuridad se cernía cada vez más sobre sus ojos.
Avanzaron durante un rato tratando de evitar los obstáculos que la propia naturaleza había dispuesto a lo largo de aquel bosque. Evitaron en todo momento la tentación de encender algo de fuego para dotarlos de la bendición que hubiera sido una luz, incluso tenue, en aquel lugar. Sus plegarias fueron atendidas cuando divisaron a la lejanía lo que parecía ser una hoguera o algo parecido; la verdad es que no lograban distinguir nada, pero era lo único que podían distinguir en aquel lugar.
Los tres pararon en seco y entrecruzaron una serie de miradas cargadas de curiosidad y cierto terror, como un sentimiento de peligro que despertó en lo más profundo de su ser. Al final fue Alonso el que decidió dar el paso y acercarse para descubrir de dónde procedía aquella luz; Martín trató de agarrarle el brazo para retenerlo, pero el gigante se deshizo fácil de las manos de su mentor.
Alonso esperaba encontrar un campamento de bandidos, los mismos a los que pertenecía el cabrón del concejal que les había mandado hacia aquella trampa. De hecho, cuanto más se acercaba, incluso pasó por su cabeza la posibilidad de que fuera el campamento de un vendedor ambulante que les invitaría a cenar e incluso a un buen vino. Pensamientos que rápidamente desaparecieron cuando, tras asomarse de un arbusto, tuvo enfrente de sí la hoguera de la que provenía la luz.
Aquella expresión de curiosidad desapareció enseguida. Enfrente de él yacían lo que a ojo parecían ser cuatro cadáveres. Ciertamente, lo que le sorprendió a Alonso no fueron los muertos en sí; había trabajado junto a Martín y su hermano durante años y aquellos bosques eran igualmente venerados y temidos. Lo que cambió el rostro de Alonso fue que la cabeza de uno de ellos estaba justo en sus pies.
Aunque se mantuvo en silencio, el pánico se adueñó de su cuerpo dando un mal paso hacia atrás y cayendo. Martín y Gonzalo se acercaron deprisa pero silenciosamente para asegurarse de que estaba bien. Mientras Martín intentaba hacer que Alonso hablara, Gonzalo se adelantó en la explicación que el anciano pretendía sacar de la boca de su hermano.
—Creo que ya no nos tenemos que preocupar porque nos vayan a robar. —Gonzalo se giró lentamente hacia Martín, que le miraba extrañado.
—Ahora solo nos tenemos que preocupar de que no nos coman. —Hizo una leve pausa—. Joder —sentenció.
Martín apartó a un lado a Gonzalo, salió de la penumbra y se quedó observando la cabeza cortada. Más que una cabeza podría decirse que era una masa de carne pegada a un cráneo, estaba destrozada.
—Por la Dama —fue la única frase que salió de su boca.
Tras observar la misma durante un instante, alzó la vista hacia el resto del campamento: ocho cuerpos contó, ni uno más, ni uno menos. El anciano ordenó a los hermanos que le cubrieran mientras descargaba su ballesta y la volvía a colocar en su espalda. Ambos obedecieron, al menos lo hicieron cuando Gonzalo logró que su hermano se incorporara de nuevo para buscar su mandoble.
Martín se acercó al primero de los muertos y se agachó para observar de cerca. Había sido asesinado, o más bien dicho, destrozado. Le faltaban la pierna izquierda al completo y el brazo derecho entero, tenía una enorme herida de garra en su estómago y en su cráneo Martín se quedó extrañado por las dos grandes incisiones de colmillos que lo atravesaban.
Entonces Gonzalo se acercó al segundo cuerpo. A este le faltaba la cabeza, así que asumió que había desenmascarado bastante rápido el misterio. Por la forma que tenía lo poco de cuello que le quedaba, pudo deducir que la muerte tuvo que ser rápida; posiblemente a la bestia le bastó un solo zarpazo para arrancarle la cabeza. Alzó de nuevo la vista y se dio cuenta de que aquel campamento, por llamarlo de alguna forma, estaba compuesto por algún saco de dormir, una cacerola y una cuchara de metal encima de la hoguera y, bueno, ahora un montón de cuerpos desmembrados.
Lo que más inquietaba a Gonzalo no era aquella escena macabra, era el silencio; silencio absoluto del bosque, un bosque que normalmente rebosaba de vida, aquella noche había muerto. Entonces comenzó a analizar más de cerca lo que parecía una huella, una huella extrañamente grande para ser de un lobo, pensamiento que guardó en sus adentros. Se agachó para analizarla de cerca y pudo deducir que, por lo menos, aquello existía; si dejaba huellas es que era real y si era real se podría matar, o de eso quería convencerse. El chisporroteo de la hoguera fue lo único que lo sacó de sus pensamientos.
Así fueron los tres uno a uno hasta llegar a la conclusión de que no habían sido ocho muertos, sino doce, solo que los últimos cuatro estaban esparcidos a lo largo del campamento.
—Esto lo ha hecho un lobo por los cojones —comenzó a maldecir Alonso—. ¡Ves!, son una puta manada, Gonzalo, una ma-na-da, serán veinte o, qué coño, ¡treinta!
—Esto no lo ha podido hacer un lobo, es imposible… —Gonzalo se quedó observando a uno de los muertos que se encontraba tendido en el suelo, con los brazos extendidos y los dedos de las manos clavados en la tierra, tratando de huir de la cosa que lo mató; volvió a pensar en la huella de antes y comenzó a repasar el amplio bestiario que Martín les había obligado a memorizar—. ¿Puede que un cajún?
—Los cajún no habrían dejado los cuerpos, se los habrían llevado a su madriguera, aunque el tamaño de las heridas es… —Martín hizo una leve pausa mientras los hermanos le observaban impacientes— …es posible, esos monstruos son los únicos capaces en esta zona de hacer algo así. —De repente a Alonso le comenzaron a rugir las tripas y el anciano se acordó del porqué se habían adentrado en aquel infierno—. Coged lo que veáis de valor, rápido, yo encenderé las antorchas.
Martín corrió hacia la hoguera que comenzaba a apagarse, agarró algunas ramas gordas y lió unos trapos a su alrededor. Roció los trapos con algo de aguardiente que tenía guardado en la cantimplora de piel de su cintura. Bastó acercar aquellas antorchas improvisadas al fuego para que ardieran. Mientras, los hermanos buscaban en las bolsas, cofres y sacos de dormir del campamento, apenas haciéndose con algunas monedas. Resulta que los saqueadores estaban más necesitados que ellos.
Toda la preparación quedó en nada cuando una ráfaga de viento apagó la hoguera y las tres ramas, quedando aquel triste cementerio totalmente a oscuras. Se comenzaron a escuchar algunos crujidos de ramas seguidos por unas leves pisadas, casi indistibles del sonido que emitía el propio viento. La niebla se encargó de separar a los hermanos de su maestro. Ambos se quedaron inmóviles durante un instante, instante que fue precedido por un grito seguido a su vez por un fuerte golpe. Esto puso en alerta total a los hermanos que lentamente se acercaron hacia donde se suponía que estaba Martín. Ninguno de ellos se atrevió a decir nada, ni una sola palabra; aunque deseaban gritar para que el anciano respondiera, no podían dejar que aquello tuviera aún más fácil localizarlos.
Ambos prepararon sus armas, espalda con espalda, decidieron comenzar a moverse poco a poco hacia la hoguera extinguida. La niebla no les dejaba ver demasiado, aquello era tanto una maldición como una bendición, eso pensaba Alonso, pero su hermano tenía la sensación de que lo que fuera que moraba aquella niebla los podía ver sin mucho problema.
Gonzalo vislumbró a Martín tirado en el suelo, justo debajo de un enorme pino; abandonando la pequeña formación, se acercó rápidamente hacia el anciano que no parecía tener ninguna herida en su cuerpo. Al comprobar que respiraba, se giró a ver a su hermano para comunicarle la buena noticia, aunque Alonso estaba más preocupado por otra cosa.
—El puto lobo —fueron las palabras que Gonzalo escuchó antes de buscar con sus propios ojos aquello que había dejado perplejo a su hermano.
Unos ojos amarillos emitían una luz casi sobrenatural y estos poco a poco iban acercándose. En apenas unos instantes se encontraba frente a ellos. El animal era un lobo, o algo parecido a un lobo. Una bestia blanca de dos metros de alto y otros tantos de largo. Tenía un aspecto canino pero con ciertas peculiaridades: de su boca sobresalían dos grandes colmillos; de su cabeza, encima de sus ojos, dos pequeños cuernos coronaban su cráneo dotando a aquel animal de un espectro demoníaco. A Gonzalo le sonaba de algo, creía haber leído sobre un animal parecido en algún lado, pero no tuvo mucho tiempo para pensar ya que aquella criatura se abalanzó sobre Alonso.
Su hermano trató de defenderse como pudo, esgrimió su mandoble y, con una velocidad impropia para una arma de semejante tamaño, comenzó a lanzar cortes sin parar; sin embargo, la criatura esquivaba cada uno de los golpes con una agilidad que causó un terror aún más grande a los hermanos. Gonzalo no se quedó quieto; dispuesto a ayudar, alzó su espada lanzándose hacia él con el único objetivo de acabar con la bestia. Poco pudo hacer cuando la niebla, una lo suficientemente espesa para privarle de la visión de aquel enfrentamiento, le impidió seguir con su heroica carga.
El joven se perdió por un momento. Con la espada en posición, se internó en la bruma, guiado por un instinto primitivo que le empujaba a ayudar a su hermano. Los ruidos de pisadas, los gruñidos de la bestia y del propio Alonso lo iban conduciendo hacia el combate. Las maldiciones que gritaba Alonso fueron desapareciendo poco a poco.
Un aullido de dolor seguido de los crujidos de varias ramas le provocaron un vuelco en el corazón a Gonzalo.
—¿Alonso? —preguntó—. ¡¿ALONSO?! —El pánico se apoderó de su cuerpo—. Hermano, por favor.
Siguió avanzando, esta vez con más cautela. Cuando se quiso dar cuenta, Gonzalo tenía a sus pies aquello que más temía: Alonso. Sin duda era él, ninguno de los bandidos podía igualar el tamaño de su hermano; estaba malherido, en el suelo, con unas marcas de garras en la espalda. El pánico nubló el juicio de Gonzalo, que perplejo apenas pudo reaccionar cuando la bestia se abalanzó contra él.
Como pudo, adoptó una posición defensiva. Mantuvo la espada a la altura de su hombro derecho mientras agarraba la misma como un estoque, postura defensiva que aprendió de un libro de esgrima. Era la única forma de defensa que conocía; sabía que la misma estaba destinada a defenderse de otros hombres, pero no tenía ni idea de qué hacer contra un monstruo como aquel. Lo cierto es que habían cazado otras veces, pero habían sido presas fáciles y la mayoría de veces era Martín el que se encargaba de los trabajos más duros.
La bestia paró su carga de golpe para observar a Gonzalo. Le sudaban las manos, le temblaban las piernas, pero su mirada era desafiante. El joven creyó ver una leve sonrisa o algo parecido en el rostro de la bestia, aunque pronto alejó ese pensamiento de su cabeza.
En ese momento, el animal comenzó a dar vueltas alrededor de Gonzalo, el cual comenzó a hacer lo mismo iniciando un duelo bastante curioso. Poco duró aquello; cuando la bestia creyó ver un punto débil, se dispuso a atacar. Gonzalo lanzó una estocada con la esperanza de atravesar o el corazón o la boca de la bestia. El animal lo esquivó, ese y los otros tantos intentos que realizó el joven.
Gonzalo decidió cambiar de estilo. Las estocadas no funcionaban, ahora había que pasar a los tajos y cortes. Cambió la postura: esta vez posicionó la espada a su derecha, en una posición abierta que dejaba descubierto su cuerpo pero le permitía dar tajos rápidos de abajo arriba seguidamente. El animal observó confundido al joven, bajando la guardia un leve instante, suficiente para que Gonzalo lanzara un falso tajo a la derecha, con lo cual el animal saltó a la izquierda para esquivarlo. Rápidamente cambió la dirección de la espada hacia el animal consiguiendo herirle en su rostro. El tajo le recorría desde uno de sus cuernos hasta uno de sus dientes, prácticamente todo su rostro. La sangre emanaba de la herida, pero el animal no aulló, no se enfadó; puede que incluso le sorprendiera, y le dio la impresión a Gonzalo de que incluso le hizo una pequeña reverencia.
Trató de repetir la misma técnica sin mucho éxito y fue demasiado tarde cuando Gonzalo comprendió que la bestia lo había estado cansando, jugando con él. Intentó volver a la postura inicial, pero el animal lanzó un mordisco que Gonzalo paró con la espada. Esta se partió y, conforme los pedazos caían al suelo, la mirada de desafío que había lanzado en un inicio a aquel animal desapareció, dando paso a una mirada de horror absoluto.
El joven fue poco a poco andando hacia atrás hasta que tropezó con uno de los saqueadores muertos. Allí, en el suelo, rezando a la Dama tanto por su alma como por la de su mentor y su hermano, una ráfaga de viento le erizó la piel. Aquella situación era demasiado irreal. Ese pequeño pensamiento se incrementó cuando recordó de dónde le sonaba aquel animal.
—No puede ser —susurró.
La bestia no compartía su entusiasmo. Se acercó poco a poco, colocó sus enormes patas encima de los brazos de Gonzalo asegurando que este no se moviera. Acercó su boca a la cara del joven, lo miró, gruñó, y se dispuso a clavar esos enormes colmillos en su cráneo. Gonzalo se había hecho a la idea de que ese era el final, aunque se negó a cerrar los ojos; no porque no quisiera, sino porque no podía creer que una criatura como lo era un lobo de Myr, que se creía extinto desde hacía por lo menos mil años, fuera la causante de su muerte.
Algo cambió entonces en el ambiente: el viento cesó y con él lo hizo el frío de la noche. Una sensación cálida inundó a Gonzalo, una sensación de calma. El lobo dio varios pasos hacia atrás y desapareció entre la niebla. El joven se quedó quieto, no entendía nada, no sabía si atribuir aquello a la Dama o a alguna bestia aún mayor que había logrado asustarlo. Se incorporó un poco aunque una gota de sangre le brotó de su nariz cayendo al suelo. La cabeza pesaba y las piernas le comenzaron a fallar. Alzó la vista al frente, por donde había desaparecido el lobo.
Apenas pudo distinguir nada, pero sabía que algo le observaba. Centró más su vista y lo vio. Allí estaba el lobo, pero no estaba solo. Una gran figura femenina se alzaba al fondo, entre los árboles, acariciando a la bestia que a su lado parecía mucho más pequeña. No pudo distinguir ningún detalle de la mujer, solo que desprendía un brillo blanco que impedía observar su rostro. Gonzalo intentó acercarse, pero cuando dio el primer paso se desplomó en el suelo; antes de cerrar los ojos pudo ver a la mujer acercándose a él. En ese momento la oscuridad se adueñó de sus ojos…
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